viernes, 23 de junio de 2017

Clerical error

por Rubén Peretó Rivas

La insistencia de un buen amigo y el servicio de un Miguel Strogoff normando, me decidieron a leerlo, y lo hice de una sentada, a pesar de sus trescientas páginas. Se trata del libro de Robert Blair Kaiser, Clerical error (New York, 2003), una obra apabullante y aplastante por las revelaciones que contiene y, en mi caso particular, por la confirmación definitiva de muchas sospechas e intuiciones.
Sobre el autor puede conseguirse información en Internet. Digamos brevemente que fue un americano que ingresó a la Compañía de Jesús a comienzo de los ’50, permaneció allí diez años, salió antes de ser ordenado, se casó y se convirtió en el periodista de la revista Time que cubrió las dos primeras sesiones del Concilio Vaticano II y que actuó como catalizador de todo el sector más furiosamente progresista de los obispos, periti y demás personajes que asistieron al Concilio. Propongo aquí una suerte de reseña o conclusiones personales sobre el libro:

1. Los primeros capítulos están dedicados a narrar bastante pormenorizadamente el decenio de su formación jesuita. Kaiser nunca renegó de ella y conservó durante toda su vida una buena relación con la Compañía, pero sus memorias permiten entender las grandes virtudes de esa formación y, también, sus grandes defectos. Entre las primeras, y más allá de que proveía de una formación clásica y científica de excelencia, imprimía en el alma de los jóvenes el telos, es decir, el fin de la vida del hombre que no es otro que la gloria de Dios y la salvación del alma. A pesar de todos los vaivenes de la vida del autor, y de todos lo que hemos pasado por una formación de ese estilo, el fin permanece marcado a fuego, y eso ya es mucho, porque vendrán las tormentas y crecerán los ríos, pero la luz en el fondo del túnel no se apaga.
Más también están los defectos, y el primer de ellos es la destrucción de la personalidad. El jesuita debe, o debía, ser un autómata (perinde ac cadaver, decía San Ignacio) que obedece ciegamente a sus superiores que se empeñarán en ordenarle aquello que contraríe más claramente su naturaleza, sus inclinaciones y su propia razón. El segundo es uno sobre el que se ha hablado en otras ocasiones en este blog, y que Kaiser lo dice exactamente igual: el ingreso en la vida religiosa conlleva que el joven sea freezado en su edad adolescente, y permanece en ese estado a lo largo de toda su vida, si no es que la vida misma lo baje de un sopapo. No hay maduración de la persona y nunca llegan a la vida adulta. 
A raíz de esto, se me ocurren dos breves corolarios: la Compañía de Jesús fue considerada en gran medida durante algunos siglos como el analogado principal de la formación religiosa y sacerdotal. De hecho, los seminarios del clero diocesano están (o estaban) calcados de la formación jesuita, pero no eran jesuitas. Por lo que allí se acentuaban más los defectos y apenas si aparecían las virtudes. Y, por otro lado, leyendo el libro de Kaiser se cae en la cuenta que nosotros tuvimos la gracia de un Castellani, pero la realidad es que Castellani podría haber aparecido en cualquier país con presencia jesuita. Los motivos que el Cura criticó y que le valieron la expulsión de la Compañía, son los mismos -exactamente los mismos-, que señala el autor en su libro.
2. Durante la primera y segunda sesión del Vaticano II, Kaiser y su mujer alquilaron un enorme piso en un barrio residencial de Roma donde recibían casi todos los días a seis u ocho padres conciliares, diplomáticos, periodistas, etc., de la facción más progresista, y los domingos por la noche daban una recepción a la que asistían ochenta personas de la misma línea [uno de ellos era el entonces Mons. Jorge Mejía, de argentina y triste memoria]. En esas reuniones se cocieron muchos de los guisos conciliares que aún estamos masticando trabajosamente. Era el momento de los comentarios, gossips, cordatas, y demás alianzas y estrategias que luego se llevaban al aula conciliar. 
Era también la ocasión en la que se armaban las operaciones de prensa para influir en los obispos. Kaiser fue quizás el periodista más importante y más involucrado en este campo, publicando un artículo semanal en la revista Time que poseía en ese momento una influencia global. Eran ellos los que de alguna manera marcaban línea, fijaban agenda y presionaban. Se entiende de este modo uno de los párrafos del incomprensible discurso que dio el Papa Benedicto XVI poco antes de retirarse, donde habla justamente del “Concilio de los Padres” y del “Concilio de los periodistas”. La cuestión es que al Concilio de los periodistas lo alimentaron los Padres.
3. Otro aspecto que aparece en el libro es que el Papa Juan XXIII no era tan ingenuo como parece, y que sabía muy bien lo que quería. Más de una vez se ha dicho en este blog que convocar el Concilio fue un error debido a la ingenuidad del Papa Roncalli. Ahora no estoy tan de acuerdo. Lo que sí aparece claro es que la estructura de la Curia Romana, concretamente del Santo Oficio con el cardenal Ottaviani y Mons. Parente, no estaba preparada para enfrentarse a la marejada que se les vino encima. Si bien Kaiser intenta dibujar en su libro -como dibujaba en sus notas en Times- una imagen ridícula del pobre Ottaviani, la impresión final que le queda al lector es de una profunda pena por el sufrimiento de ese hombre que hizo lo que pudo para salvar a la Iglesia de la catástrofe. Pero hay que decir también que aparece la enorme torpeza y falta de astucia política del ala conservadora. Y pongo dos ejemplos: Kaiser escribió un libro sobre la primera sesión que apareció poco después que ésta finalizara. Por supuesto, muy progre y muy descalificador de los conservadores, que se vendió como pan caliente en todo el mundo anglosajón. Cuando llegó a Roma, el Santo Oficio no tuvo mejor idea que enviar emisarios a todas las librerías de la ciudad a pedirles que no vendieran el libro, lo cual hicieron e hicieron saber que lo hacían. El efecto inmediato fue que el libro se leyó hasta en las trattorias del Trastevere. 
Otro ejemplo: Kaiser consiguió finalmente una entrevista con el cardenal Ottaviani que sabía perfectamente quién era el periodista y cuál era la opinión que tenía sobre él. Pues bien, una de las declaraciones que le hace es la siguiente: “A pesar de que yo soy un Padre conciliar como los demás, yo estoy de alguna manera por encima del Concilio puesto que represento al Papa”. Bien contextualizado, Ottaviani tenía razón: él actuaba en nombre del Papa como guardián de la doctrina católica y, en ese sentido, estaba por encima, en tanto “vigilante” de las declaraciones conciliares. Pero eso no se lo podía decir a Kaiser quien comenta en su libro: “I could hardly wait to tell my Council liberals that Ottaviani, their nemesis, considered himself above the entire Council” (p. 212).
4. El libro deja ver con claridad el deletereo papel que jugó la Compañía de Jesús en el Concilio. Buena parte de las jugadas más progresistas y dañinas para la fe fueron causadas por jesuitas y guisadas y sazonadas en las cocinas de la Gregoriana o del Biblicum, desde donde se tejía la red de influencias que la Compañía ejercía sobre todos los prelados del mundo. Creo que si Dante escribiese de nuevo la Divina Comedia pondría al Papa Pío VII en lo más profundo del infierno.
5. Finalmente, cuando se conocen con más detalle los entretelones y las pretensiones de los Padres Conciliares progresistas que terminaron modelando el Vaticano II según su medida, adquiere mayor valor la figura de Juan Pablo II que, tal como le achacan sus detractores, efectivamente impidió la aplicación de las medidas más dañinas y extremas del Concilio. Muchos creemos que podría haber hecho mucho más, y que en materia litúrgica no hizo nada, e hizo lo contrario de lo que yo hubiese querido. Pero lo cierto es que, si se aplicaba lo que los fautores conciliares habían tramado, hoy estaríamos en un escenario irreconocible, y mucho peor de lo que estamos.

Sin embargo, aparece claro que el propósito del autor al escribir su libro es el tema al que le dedica más de la mitad del mismo: desenmascarar a Malachi Martin. 
Leí Vaticano cuando tenía veinte años, y quedé fascinado. Rápidamente conseguí The Jesuits, pero apenas si pude pasar el primer capítulo. Después intenté con Hostage of the Devil: llegué a la mitad. Compré Windswept House cuando apenas apareció y cuando apenas comenzaba a existir Amazon. Leí tres capítulos y me aburrió. Lo intenté nuevamente cuando apareció su traducción al español (El último Papa): apenas si llegué al segundo. Había algo que no me convencía. Pues bien, Kaiser viene a develar el misterio de este personaje perverso, mentiroso y lujurioso que fue Malachi Martin. 
No es cuestión de abundar en detalles. Baste decir que este jesuita irlandés le birló la mujer a Kaiser, destruyó su matrimonio, lo hizo pasar por loco -y convenció a todos sus amigos en este sentido-, a fin de poder quedarse con su mujer a la que después abandonó. Y esto mismo hizo Martin con otras tres mujeres, según testimonia su hermano, también sacerdote. Poseedor de una inteligencia brillante, sembró información falsa entre los periodistas de Concilio a fin de favorecer las posiciones más progresistas y, según Kaiser, fue generosamente pagado por el American Jews Comitee a fin de hacer lobby con el objeto de que el Vaticano II emitiera un documento sobre los judíos, cosa que finalmente sucedió. 
Por supuesto, la Compañía lo protegió hasta último momento, a fin de “salvar su sacerdocio” (eso era lo que argüían), hasta que las irrefutables pruebas que logró conseguir Kaiser sobre sus comportamientos inmorales, obligaron a que fuera expulsado o, como eufemísticamente dijeron, “dispensado de sus votos de pobreza y obediencia pero no de castidad”... por lo que pasó sus últimos años -que fueron más de dos décadas-, viviendo en Manhattan protegido por la ex-mujer de un millonario griego, y escribiendo libros que lo convirtieron en una suerte de profeta y objeto de culto de los católicos conservadores. Un farsa. 

Aclaración del administrador del blog:
1. Este artículo es la reseña de un libro. Es decir, la exposición de lo que el libro dice y el juicio que le merece a quien reseña. Por tanto, no se están publicando filtraciones o datos tomados de archivos secretos. Toda la información que aquí aparece es pública desde hace quince años, y puede encontrarse en las librerías, en Internet y hasta en un documental de Netflix.
2. Los hechos que comprometen a Malachi Martin no surge de un solo testimonio. En todo caso, de un solo libro en el que se citan decenas de testimonios, con nombre, apellido y circunstancias, de personas que están o estaban vivas en el momento de la publicación del libro.
3. Kaiser no admite que padecía de paranoia esquizoide. Ese es lo que dijo de él Malachi Martin. Y, como prueba, cita el testimonio de los dos médicos que lo trataron mientras él estaba convencido que de su enfermedad, la clínica donde fue tratado y el médico al que consultó luego, y todos los diagnósticos fueron coincidentes: Kaiser no estaba enfermo. Por tanto, el argumento que arguye Kennedy en su artículo es engañoso.


miércoles, 21 de junio de 2017

Izad más banderas


Dijo Walter Kurtz:
La bandera nacional y de la Santa Sede en el santuario, a los lados del altar mayor, son una innovación. 
Apareció en Estados Unidos alrededor de la Primera Guerra Mundial; antes de eso, durante la crisis americanista hubo algunos “experimentos” que fueron objetados/prohibidos por los Obispos yanquis. 
Sobre la base de que, en la Iglesia “non est Iudaeus neque Graecus”, en un primer momento se prohibió (con acuerdo del Santo Oficio) la colocación de banderas nacionales en el altar mayor y el santuario, permitiéndose --extraordinariamente-- en algún altar lateral dedicado a los muertos en la guerra; u --ordinariamente-- en el vestíbulo, nártex o atrio. 
En la Argentina la “costumbre” se introdujo hace muy pocas décadas.
Entiendo que se le puede dar el significado de una ofrenda a Dios, pero en el santuario no debería haber más objetos que los dedicados específica y esencialmente al culto.

Digo yo:
La cuestión de la proliferación de banderas vaticanas es curiosa. Desde hace poco más de una década, los colegios católicos han adoptado la costumbre de tener abanderados y escoltas de la bandera pontificia, además de la bandera nacional y de la bandera provincial. Instituciones que escasamente tienen de católico no más que el nombre o el revolotear del velo de una monja, hacen ostentación de su catolicismo inexistente con una bandera. Por supuesto que la novedad se debe a un subterfugio igualitarista que sirve para que los tradicionales tres alumnos mejores, se transformen en seis o en nueve. Todo sea para que ninguno se sienta discriminado.
Si la Escuela Italiana o el Colegio Español tienen, además de abanderados del pabellón nacional, abanderados de las enseñas de Italia o España, se entiende. Pero no se entiende de ningún modo que los católicos tengan la bandera del Vaticano, porque éste, sencillamente, en un estado independiente que no tiene nada que ver con nosotros.
En el fondo -y más allá de las intenciones igualitaristas-, se esconde la confusión entre Vaticano - Papado, e Iglesia. El Vaticano no es la Iglesia. El Vaticano puede tener bandera que identifique a todos los (pocos) habitantes que allí viven, a las nunciaturas apostólicas, guardias suizos, etc. Pero la Iglesia no puede tener bandera sencillamente porque una insignia -en este caso la bandera-, es un modo de expresar a través de un símbolo la pertenencia a un grupo determinado: los argentinos nos identificamos con la celeste y blanco; los de Boca, con la azul y amarilla y la Cruz Roja ya sabemos cómo. Si la Iglesia tuviera una bandera sería para diferenciar a sus fieles de los fieles de otras iglesias, pero resulta que no hay otras iglesias. Nosotros afirmamos en el Credo que la Iglesia es Una, y ella es la Iglesia Católica. No hay otra. No tenemos, ni podemos, diferenciarnos de lo que no existe porque, si lo hacemos, le damos la existencia que reclama.
Por tanto, es absurdo y, sobre todo, muy moderno y modernista introducir banderas vaticanas por doquier. Si necesitan poner algo, pongan la Cruz, o el lábaro de Cristo, pero no la bandera papal. 

lunes, 19 de junio de 2017

Romanismo

Quienes caminen por la Peatonal Sarmiento, la calle más céntrica de la ciudad de Mendoza, podrán ver a las puertas de una de las parroquias más antiguas e importantes de la archidiócesis una enorme fotografía del Papa Francisco. Y a nadie le llama la atención. Ni a los paganos, que son la mayoría que por allí se pasea, ni a los católicos. ¿Qué ocurriría si, en la entrada de un templo protestante, viéramos expuesto el gigantesco rostro de su líder? Inmediatamente asociaríamos el lugar con algún tipo de secta de tercera categoría. Y lo mismo ocurre con los países: son muy pocos y de calidad fácilmente identificable los que desarrollan el culto a su líder, como Corea del Norte, Cuba o Venezuela. 
A nosotros, en cambio, nos parece absolutamente normal que un templo católico esté identificado por un gran plástico pintado con la figura del Papa. No está allí el rostro de Nuestro Señor, ni el de su Madre Santísima; ni siquiera el de Santiago o de San Nicolás, patronos de esa parroquia. Está el del Papa Francisco. Y el problema no es que la fotografía sea de Bergoglio; el problema es que sea del Papa. El problema seguiría siendo tan grave si en 1950 hubiera estado allí la foto de Pío XII o en 1918 la de Benedicto XV. El problema es que el catolicismo se está convirtiendo insensiblemente en un movimiento encolumnado detrás de un caudillo humano y no de un Dios hecho hombre.
Somos cristianos porque seguimos a Cristo, quien se reveló en las Sagradas Escrituras y en la Tradición, y que fundó su Iglesia sobre la piedra del apóstol Pedro a fin de que, a través de ella, recibiéramos los sacramentos y fuéramos enseñados en las divinas verdades para alcanzar, de esa manera, la salvación. Pues resulta que pareciera que ahora se ha desplazado el centro de gravedad. Un ídolo se ha colocado en lugar del Cordero. 
Modifiquemos ligeramente el ángulo. El Credo nos dice: “Creo en la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica”. Y sabemos que esas son sus notas. Nosotros, para nuestro coleto, agregamos una más: Romana. No está mal, siempre que seamos conscientes de que la romanidad no es una de las notas de la Iglesia, sino el modo de expresar que estamos en comunión con el Sucesor del Apóstol Pedro en su sede de Roma. El problema está en que, desde poco más de un siglo, hemos dejado de ser “católicos romanos” para ser “católicos romanistas”. Y un hecho lo muestra con claridad: en muchas de nuestras iglesias flanquea el mismísimo altar la bandera del Vaticano. Yo me pregunto qué tiene que hacer esa bandera en el lugar más sagrado del templo. Y parece que ese es uno de los modos visibles de proclamar nuestra fe católica.
Lo cierto es que se trata de la insignia de un estado soberano -el Vaticano- cuyo jefe de estado es el Obispo de Roma que es, también, el jefe espiritual de la Iglesia católica. Es decir, la bandera blanca y amarilla no es la bandera de la Iglesia; es la bandera de un Estado. Si la Iglesia tuviera bandera, ésta debería ser una sencilla Cruz. Más allá de esto, el pabellón vaticano es muy reciente: fue adoptado por el Papa Pío XI en 1929 luego de los pactos de Letrán, en base a la bandera que había comenzado a usar a principios del siglo XIX la marina mercante pontificia.
La verdad es que a mi me importa un comino si un cura quiere poner junto al altar la bandera del Vaticano o la bandera de Bután. Lo que sí me parece preocupante es que se la confunda con la bandera de la Iglesia, y mucho más preocupante aún, que se confunda al Vaticano y a Roma con la Esposa de Cristo. Y que no seamos católicos romanos sino católicos romanistas o, peor aún, que no seamos ya católicos sino papólicos. 

sábado, 17 de junio de 2017

Summorum Pontificum 2017 - Roma



Ya está el programa de la Peregrinación Summorum Pontificum. Este año, al cumplirse los diez años del motu proprio del Papa Benedicto XVI, el encuentro tendrá características particulares, como el coloquio que se realizará el día 14 de septiembre y del que participarán los prelados e intelectuales más reconocidos del pensamiento católico.
Es verdad que la Urbe no está a la vuelta de la esquina y que debemos dar un buen tranco para llegar, pero vale la pena. El alma se renueva y regocija en el encuentro de hermanos católicos de todo el mundo que, desde dentro de la Iglesia, luchamos por mantener la Tradición que recibimos de nuestros mayores. 

martes, 13 de junio de 2017

Charlas de café: Los novísimos III


Finalmente, Jack Tollers nos invita a su tercera charla sobre los novísimos.

lunes, 12 de junio de 2017

Mr. Blatchford y el Sr. Bergoglio

Wanderer, me he puesto a traducir (penosamente y con grande empeño) el libro de Chesterton Ortodoxia puesto que he visto que la medio docena de traducciones de ese libro al castellano lo vuelven casi impenetrable, de lo malas que son.
Tarea del diablo, esa.
Pero no resisto transcribirle el principio del capítulo III, por la actualidad que tiene (y pensemos que fue escrito hace más de un siglo atrás).
Aquí va:
Las frases del hombre común no sólo tienen fuerza sino que además son sutiles: y es que más de una vez una metáfora puede meterse en una hendidura demasiado estrecha para una definición. Frases como “fulano está sacado” o “tiene mal color” podrían haber sido acuñadas por el Sr. Henry James después de agonizar largamente a la caza de la mayor precisión verbal. Y no hay verdad más sutil que en aquella frase que usamos corrientemente para designar a un hombre “con el corazón bien puesto”. Connota la idea de proporciones normales; no sólo cierta función existe, sino que además se relaciona correctamente con otras funciones.
Más aun, la negación de esta última frase describiría con singular precisión la compasión algo morbosa y esa especie de perversa ternura que tan bien representa a la mayoría de los modernos. Si fuera obligado, por ejemplo, a describir con ecuanimidad la personalidad del Sr. Bernard Shaw, no podría expresarme más exactamente sino diciendo que tiene un corazón heroicamente grande y generoso; pero en modo alguno tiene el corazón bien puesto. Y esto se aplica típicamente a la sociedad de nuestro tiempo. No es que el mundo moderno sea inicuo; en algún sentido el mundo moderno es excesivamente bueno. Está lleno de salvajes y malgastadas virtudes. Cuando se hace añicos un sistema religioso (como le sucedió a la Cristiandad cuando la Reforma), no se trata solamente de que los vicios se desencadenan. En efecto, los vicios se ven desencadenados y vagabundean haciendo daño. Pero las virtudes también se vieron desencadenadas; y las virtudes también vagabundean, más erráticamente aun que los vicios, haciendo un daño más terrible todavía. El mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas vueltas locas. Las virtudes han enloquecido porque se han visto aisladas las unas de las otras y vagabundean a solas. Y así, a algunos científicos les importa la verdad; y su verdad es inmisericorde. Pero así también a algunos humanistas sólo les importa la misericordia; y su misericordia (mucho siento tener que decirlo) a menudo es falsa. Por ejemplo, el Sr. Blatchford ataca al cristianismo porque él está enloquecido con una virtud cristiana: la meramente mística y quasi-irraccional virtud de la caridad. Tiene la rara idea de que se nos hará más fácil perdonar los pecados diciendo que no hay pecados que perdonar.
El Sr. Blatchford no es sólo un cristiano primitivo, también es el único cristiano primitivo al que debieran haber devorado los leones. Pues en su caso, la acusación pagana es enteramente verdadera: su misericordia equivaldría a la disolución y a la anarquía.
Él es en verdad el enemigo de la raza humana—por ser tan humano.

(Que se aplica a ya sabemos quién, tan bien, tan bien).
Saludos, 


Jack Tollers

[Resucitó el blog "Sin doblez", que podrán encontrar en la columna de la derecha, con relatos de los nuevo dramas que están sucediendo en los territorios de la mítica La Finca]

jueves, 8 de junio de 2017

Rastafaris

Más allá de los enojos y diatribas del Anónimo Normando contra la catarata de comentarios inútiles en las entradas de la semana pasada, lo cierto es que han sido útiles para constatar una realidad que es mucho más grave de lo que pensaba.
Durante los diez años de vida de este blog nos dedicamos en numerosas ocasiones a mostrar la ramplona (y facilonga) simplicidad de los movimientos neocones para quienes el Papa es una suerte de ser humano ubicado en una dimensión distinta a la de los simples bautizados y que, entre otras cosas, le otorga una especie de inmunidad universal que asegura a quienes siguen al célico caudillo, que están en el sendero seguro y libres de toda errancia. Pero este seguimiento debe ser en todo lo que dice y hace: desde la proclamación de un dogma -cosa que ha ocurrido en muy pocas ocasiones en la historia de la Iglesia-, hasta sus gustos cinematográficos (recuerdo las increpaciones que recibí hace algunos años de parte de un neocon cuando me atreví a comentar con no compartía con Juan Pablo II su gusto por la película “La vida es bella”). No importa lo que el católico piense, estudie, considere u opine. Al Papa no se lo discute en nada, y mucho menos se lo critica.  Contrariamente a toda razonabilidad, un católico debe estar tan de acuerdo externa e internamente con Benedicto XVI como con Francisco. El principio de contradicción queda anulado en las cercanías del solio petrino. Se trata de una continuidad en la posesión de la persona pontificia por parte del Espíritu Santo: se cierran los ojos y se obedece en todo y con una sonrisa en los labios.
Esta es la postura sostenida por el Opus Dei (recordemos el cambio radical de posición de un conocido teólogo de la Obra que, cuando Juan Pablo II hizo una referencia positiva sobre la teoría evolucionista, cambió rápidamente también él la postura anti-evolucionista que había sostenido anteriormente); el Instituto del Verbo Encarnado (que unilateralmente se ha investido de la jerarquía de nomen dator, y habla de “San Juan Pablo Magno”) o Fasta (que luego de marzo de 2013, redecoró las salas, salones y salitas de sus numerosas dependencias con abundantes fotos del Papa Francisco... abrazando al Padre Fundador).
Sin embargo, hay un límite: este apego desmesurado es a los sumos pontífices posconciliares. Lo que dijeron los anteriores al Vaticano II, no tiene valor alguno para los neocones. Tácitamente, consideran que la Iglesia fue refundada en los ’60, y es a la iglesia primaveral y renovada a la que ellos adhieren. El magisterio anterior pertenece a otro periodo o se ubica en otra placa tectónica: no lo conocen ni les interesa conocerlo. Es cosa pasada y pisada. Y un hecho anecdótico pinta lo que digo: la arquidiócesis de Mendoza cambió hace algunos años el nombre histórico que había tenido su instituto de formación docente. Dejó de llamarse “San Pío X”, y pasó a llamarse “Pablo VI”. Los Papas pre-conciliares deben ser borrados de la memoria de los fieles, mientras que los conciliares deben ser canonizados y, si a Francisco no podemos canonizarlo porque aún está con vida, pondremos su retrato en cuanto hueco quede libre. Su presencia y su palabra debe cubrir la universalidad del mundo católico. De otro modo, dejaríamos de ser católicos. 
Esto ya lo sabíamos. Pero lo sorpresivo es que algunos católicos ultramontanos tienen una actitud idéntica. Cito apenas un comentario recibido la semana pasada: “El Papa justamente ocupa el lugar de los Apóstoles, o mejor dicho el lugar de Pedro en particular por sucesión apostólica. El Papa es el sucesor de Pedro y suceder significa justamente "entrar una persona en el lugar de otra". El Papa ocupa no sólo legítimamente el lugar de los apóstoles, sino que incluso lo hace por mandato divino. Esto es verdad de fe, usted no pude cuestionarlo. Y en cierta medida ocupa el lugar de Cristo ya que es su Vicario, su representante en la tierra, nos guste o no”.
Bien leído, este buen señor tiene razón en lo que dice. Para la ideología ultramontana, sin embargo, el Papa posee en dosis concentrada la jerarquía y el poder de todo el colegio apostólico. Él es el sucesor de todos los apóstoles, especialmente de Pedro, y está en su lugar. El resto de los obispos no son más que meros empleados y en modo alguno suceden a los Doce. Por eso, la figura del Papa es idéntica a la figura del apóstol Pedro, y su palabra posee el mismo valor y jerarquía que la que poseía la palabra del Pescador. Y más aún, ocupa el lugar de Cristo de modo tal, que la promesa de la asistencia prometida a Pedro, se transforma en una suerte de posesión divina: el Espíritu Santo posee a la persona humana que fue elevada a la jerarquía pontificia.  
Pero los ultramontanos tienen también un límite: lo dicho se aplica a todos los Papas reinantes hasta el Vaticano II. Los pontífices posteriores dejaron de tener estas prerrogativas, o algunas de ellas, o si aún las conservan no las ejercen por lo que no es necesario obedecerlos. Y elaboran originales teorías para justificar su decisión que no tienen el más mínimo sustento en la tradición.
Conclusión: Neocones y ultramontanos son, en muchos aspectos, lo mismo. Hay cambio de matices y acentuaciones, pero la actitud y la convicción de ambos hacia el pontificado es exactamente la misma. Su única diferencia se concentra en un kairos: el 11 de octubre de 1962.

Curiosidad histórica: En los años ’30 fue fundada en Jamaica la “Iglesia rastafari”, como un estrambótico desprendimiento de la iglesia copta etíope. Entre otras extrañísimas doctrinas, algunos de sus miembros consideran que ras Tafari (jefe creador) Makkonen, más conocido como Haile Selassie I, último emperador de Etiopía, es la encarnación de Dios; otros que es la segunda encarnación de Jesucristo; otros que es el Mesías prometido; otros que es la tercera encarnación de Dios luego de Melquisedek y Jesucristo. En fin, las distintas ramas de esta iglesia consideran que su pretendido líder poseía una suerte de pertenencia a la divinidad por lo cual debía ser venerado y respetado casi como un semidios y todas sus palabras observadas y obedecidas sin vacilación. 

Nota bene: El que avisa no traiciona. Luego de la catarata de comentarios insustanciales que recibieron las entradas de la semana pasada, comunico que solamente publicaré aquellos comentarios que realmente aporten a la discusión. El resto será eliminado inmisericordemente y sin el más mínimo respeto por las libertades modernas.
Quienes no estén de acuerdo con lo que aquí se escribe, pueden simplemente dejar de leer el blog. Es muy sencillo y se evitarán muchos disgustos. Y nosotros no los extrañaremos.
Si consideran que están investidos con la encomiable misión de defender a los débiles y cautivos de las maldades del error y la mentira que se esparcen desde estas páginas y, por tanto, deben combatirla, yo los felicito. Me permito sugerirles, sin embargo, que pueden comenzar su caballeresca misión con otras páginas bastante más herejes y peligrosas que este pobre blog provinciano: encontraran miles de ellas dando vueltas por la red.
Y siempre queda una tercera opción que es la que yo particularmente los animo a que tomen: creen sus propios blogs donde podrán publicar con la periodicidad y extensión que deseen todo lo que quieran. Es un proceso sencillo y gratuito y que no necesita de conocimientos particulares de informática. Y si en algún momento se les agotan las ideas y no saben ya qué escribir, los autorizo calurosamente a que parasiten de este blog: pueden criticarme, discutirme e insultarme. No tendré inconveniente alguno en que lo hagan. Además, como se sabe, el mayor logro de los blogs carroñeros es aportar nuevos lectores al blog líder. ¡Adelante entonces, pues harán un beneficio!

lunes, 5 de junio de 2017

Una ventana al cielo


“Como la Samaritana, le decimos a los pintores de iconos: ‘Creemos en la santidad de los santos porque vosotros la testimoniáis con los iconos que habéis pintado, y sentimos emanar de ellos mismos, a través de la obra de vuestro pincel, el autotestimonio de los santos, y no con palabras sino con su rostro. Nosotros mismos sentimos la suave voz del Verbo de Dios, del Testigo Fiel, el sonido sobrenatural de su voz que penetra todo el ser de los santos generando en ellos la perfecta armonía. Pero no habéis sido vosotros quienes crearon esas imágenes; no habéis sido vosotros quienes revelaron a nuestros ojos jubilosos estas ideas vivas, sino que ellos mismos se han revelado a nuestra conciencia. Vosotros os habéis limitado a remover aquello que nos velaba la luz. Nos habéis ayudado a liberarnos de las escamas que cubrían los ojos del espíritu. Y ahora nosotros, gracias a vosotros, vemos, pero ya no vuestra maestría sino la vida realísima de las miradas mismas’. 
Así es. Observo el icono y digo dentro de mí: “Es ella misma; no su representación, sino Ella misma, contemplada a través de la mediación y con la ayuda del arte del icono. Veo a la Madre de Dios como a través de una ventana, a la Madre de Dios en persona, y a Ella oro, cara a cara, no frente a su representación. Sí, está en mi conciencia y no es una representación; es una madera con colores y es la misma Madre del Señor. La ventana es una ventana, y la madera del icono una madera coloreada. Pero en la ventana se contempla a la misma Madre de Dios; en la ventana aparece la visión de la Purísima. El pintor de iconos me la ha señalado, es verdad, pero no la ha creado; él ha corrido la cortina, pero Ella, que está detrás de la cortina, es una realidad objetiva no solamente para mí, sino también para quien ha corrido la cortina y la ha revelado, y no ha sido compuesta por él, ni siquiera en lo más alto de su inspiración. 
El icono es, o bien infravalorado frente a las corrientes positivistas, o sobrevalorado, pero no debe encallarse en las interpretaciones psicológicas y asociativas que lo reducen a representaciones. Toda representación, según su necesario simbolismo, revela su contenido espiritual de un modo similar a como acontece en nuestro acceso “de la imagen al arquetipo”, es decir, en nuestro contacto ontológico con el arquetipo. Entonces, y sólo entonces, el signo sensible rebosa de linfa vital y justamente por eso, siendo inescindible de su arquetipo, se convierte en una “representación”, o sea, en una onda propagadora, o en una de las onda propagadoras de la realidad misma que la ha suscitado”.

Pavel Florenskij, Le porte regali. Saggio sull’icona, Aldelphi, Milano, 1977, p. 65-6.
(Traducción: Rubén Peretó Rivas)

sábado, 3 de junio de 2017

Veni Sancte Spiritus



Venid todas las naciones del mundo: adoremos a Dios en las tres santas Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tres en Uno. Desde toda la eternidad, el Padre engendró al Hijo, igual a Él en eternidad y majestad, y también igual al Espíritu Santo glorificado con el Hijo en el Padre. Tres Personas, pero un solo Poder, una sola Esencia y una sola Divinidad. 
En profunda adoración, clamemos a Dios: "Santo es Dios que hizo todas las cosas a través del Hijo con la cooperación del Espíritu Santo! ¡Santo el Poderoso a través del cual el Padre se reveló a nosotros y el Espíritu Santo vino a este mundo! ¡Santo el Inmortal, el Espíritu, el Consolador, que procede del Padre y del Hijo! ¡Santísima Trinidad, gloria a Ti!"
Liturgia bizantina


Y mientras los cristianos nos postramos en este día suplicando la venida del Consolador, azorados por el misterio de la Trinidad Santísima y Vivificadora, Mons. Alejandro Giorgi, obispo auxiliar de Buenos Aires -nombrado por el Papa Francisco-, celebraba de esta manera la vigilia de Pentecostés. Aclaro que la foto no está trucada. Fue publicada en el Tweeter del prelado.


jueves, 1 de junio de 2017

Si yo fuera Papa


Si yo fuera Papa haría muchas cosas. Aquí van algunas que se me ocurren:
  1. Pediría a los dominicos que me cedieran la basílica de San Clemente y establecería allí mi residencia. Solamente me haría ver en el balcón de la loggia del Sacro Palacio en los días Pascua y Navidad, y a fin de dar la bendición apostólica urbi et orbi.
  2. Suprimiría el ángelus de los domingos, la audiencia general de los miércoles y todo tipo de audiencias colectivas. No recibiría jamás a personajes de la política, de la farándula o de los deportes, y evitaría en los posible, según el consejo del Maestro del Sacro Palacio, encontrarme con personajes que hayan aparecido en televisión o en cualquier otro medio de prensa.
  3. Prohibiría bajo de pena de pecado mortal a todos los católicos del mundo que, al viajar a Roma, tuvieran intención de "ver al Papa", imponiéndoles la obligación de que, en cambio, se acercaran a la Ciudad Eterna a venerar la tumba de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.
  4. Celebraría misa habitualmente en mi capilla privada. Solamente en los días más solemnes lo haría en el altar papal de la basílica vaticana. En esos casos, ordenaría bajo pena de excomunión que ningún fiel aplaudiera, diera vítores o tomara fotografías a mi paso.
  5. Ordenaría encender una fogata en la plaza de San Pedro donde quemaría, mientras la banda de música pontificia interpreta “Pompa y circunstancia” de Elgar, el papamóvil, la silla gestatoria y los flabelos. 
  6. Jamás concedería entrevistas a los periodistas de profesión, y pediría al gobierno italiano, por vía extraoficial a través de mi nuncio en el Quirinal, que le revocara el permiso de residencia a Elizabetta Piqué y la expulsara de la península.
  7. Suprimiría ad aeternitatem a la Compañía de Jesús, enviando a los actuales “soldados del Papa” y bajo voto de obediencia, a evangelizar a los pobladores del Polo Norte y del Polo Sur, de las islas Santa Elena, Ascensión y Tristán da Cunha, de Groenlandia, de las islas Sandwich del Sur y de la isla Pitcairn. El mismo día en que dictara la supresión de la Compañía, canonizaría al papa Clemente XIV.
  8. Retomaría la saludable costumbre, abolida por mi predecesor San Pío X, según la cual el Papa come solo. No admitiría a nadie en mi mesa como fue costumbre en la iglesia romana, y solamente podrían estar dando vueltas por el comedor el par de monjas cocineras, que deberían ser preferentemente benedictinas porque suelen tener buena cocina. De vez en cuando, invitaría a algunos amigos a tomar un single malt y a fumar un buen tabaco, siguiendo en este caso la loable costumbre de mi predecesor San Pío X que aspiraba rapé y fumaba puros.
  9. Registraría en todos los países del mundo mi imagen y prohibiría su difusión. Ningún medio gráfico o televisivo o de cualquier otra índole podría reproducirla sin el permiso expreso de la Santa Sede. Paralelamente, contrataría al mejor bufete de abogados del mundo a fin de que iniciaran juicios millonarios a aquellas empresas o particulares que violaran este mandato y difundieran mi imagen.
  10. A los vendedores de estampitas, medallas, prendedores, calcomanías, camisetas y demás fruslerías con la efigie pontificia, y a fin de no quedaran desocupados ya que mi fotografía no podría publicarse bajo ningún soporte, les darías todos los derechos necesarios para que  reprodujeran en sus baratijas cualquier pintura o imagen de Nuestro Señor que se encuentra expuesta en la pinacoteca vaticana.
  11. Prohibiría a los editores de todos los periódicos o semanarios católicos del mundo que dedicaran en cada número más de cien palabras a mi persona y nunca deberían publicar mi imagen. El espacio ahorrado lo deberían dedicar a explicar a los fieles la doctrina de la Iglesia, comenzando por los cánones de los cuatro primeros concilios ecuménicos. Sin embargo, por graciosa concesión, permitiría que el semanario “Cristo Hoy” publicara una vez al año mi fotografía.
  12. No escribiría encíclicas, ni exhortaciones apostólicas, ni cartas, ni ningún otro tipo documento “magisterial” por el estilo. La cancillería apostólica redactaría los documentos indispensables para el funcionamiento de la Iglesia y de la Santa Sede. Yo, solamente en caso excepcionales y particularmente relevantes, escribiría un breve pontíficio, que jamás superaría las dos carillas, explicando de qué modo debe entenderse según la recta interpretación de las Sagradas Escrituras y a la luz de la Sagrada Tradición tal o cual punto teológico en conflicto.
  13. Establecería la pena de excomunión para todo aquel que atentara u osara pensar siquiera en abrir la causa de canonización de mi pontificia persona antes de pasados los trescientos años de mi muerte. 
  14. Establecería un cupo máximo para las canonizaciones y beatificaciones, según la siguiente ratio: una canonización cada tres años y cinco beatificaciones por año, tres de las cuales deberán corresponder a personas que hayan vivido con anterioridad al siglo XV.
  15. Volvería a calzar, como hicieron mis predecesores, los zapatos rojos, y descendería con ellos todos los días a la cripta vaticana a fin de rezar frente al sepulcro del apóstol Pedro, para lo cual, dando un rodeo, pasaría caminando por encima de la tumba de mi predecesor de feliz memoria, el Papa Francisco. Sin embargo, para moverme dentro del Palacio Apostólico, usaría como lo hicieron mis predecesores, las blancas pantuflas pontificias.

lunes, 29 de mayo de 2017

Finalmente, respondió las dubia


El Papa Francisco respondió las dubia de los cuatro cardenales. A su modo, pero las respondió. Nadie podía esperar que la respuesta fuera formal, con un“sí” o un “no” a cada una de las preguntas. No tenía necesidad de hacerlo y no iba a entrampasarse a sí mismo. Es un jesuita demasiado hábil. 
¿Tiene algún fundamento histórico o teológico la práctica de la  “corrección formal al Romano Pontífice”? No lo sé. Nunca leí una argumentación seria que la respalde y, si en algún momento esa práctica existió en la Iglesia, ciertamente dejó de tener vigencia cuando terminó de completarse el monstruo macrocefálico en el que Pío IX transformó el papado romano.
La semana pasada, del 18 al 20 de mayo, se llevó a cabo en el hotel Colombus de Roma, -apenas a unos pocos metros de la plaza de San Pedro-, el Rome Life Forum. Allí hablaron, entre otros, los cardenales Burke y Caffarra. El 19 de mayo, el Santo Padre, curándose en salud, le contestó a los dos purpurados en su homilía diaria en Santa Marta, tal como pueden leer aquí en italiano. Y aquí tienen una traducción de las partes más relevantes: 

“Y así encontramos a dos grupos de personas: el grupo de los apóstoles que quieren discutir el problema y el de los otros que quieren crear problemas; dividen, dividen a la Iglesia, dicen que lo que predican los apóstoles no es lo que dijo Jesús, que no es la verdad”, Por su parte, “los apóstoles discuten la cosa y finalmente se pusieron de acuerdo. Pero no fue un acuerdo político, fue la inspiración del Espíritu Santo que los llevó a decir: ninguna exigencia, solamente la obligación de no comer carnes sacrificada a los ídolos y de las uniones ilegítimas”. “Esta es la libertad del Espíritu, porque asó los paganos pudieron entrar en la Iglesia sin pasar por la circunsición, directamente”. 
“Pero siempre hubo este tipo de gente que no tiene ninguna función y se dedica a asustar a la comunidad cristiana con discursos que turban el alma: “Eh, no, el que dijo eso hereje, eso otro no se puede decir, aquello tampoco, la doctrina de la Iglesia es esta”. 
En realidad, son fanáticos de cosas que no son claras, como estos fanáticos que andaban sembrando cizaña para dividir la comunidad cristiana. Justamente este es el problema: cuando la doctrina de la Iglesia, esa que viene del Evangelio, que está inspirada por el Espíritu Santo -porque Jesús dijo: ‘Él os enseñará y os recordará lo que yo he enseñado”- se convierte en ideología. Este es el gran error de esta gente: no eran creyentes, eran ideólogos, tenían una ideología que cierra el corazón a la obra del Espíritu Santo”.
“No debemos asustarnos cuando escuchamos estas opiniones de los ideólogos de la doctrina. La Iglesia tiene su propio magisterio, el magisterio del Papa, de los obispos, de los concilios, y debemos caminar sobre ese camino que viene de la predicación de Jesús y de la enseñanza y la asistencia del Espíritu Santo: está siempre abierto, siempre libre”. 
“Esta es la libertad del Espíritu pero en la doctrina. En cambio, los que fueron a Antioquía a dar berridos y a dividir la comunidad, son ideólogos. Porque la doctrina une, los concilios unen siempre a la comunidad cristiana. Es la ideología la que divide porque para ellos es más importante la ideología que la doctrina: dejan de lado al Espíritu Santo”.
“Hoy quisiera pedir la gracia de la obediencia madura al magisterio de la Iglesia, esa obediencia a aquello que la Iglesia nos ha enseñado siempre y continúa enseñando. Y de esa manera, desarrolla el Evangelio, lo explica cada vez mejor, en fidelidad a Pedro, a los obispos y, en definitiva, al Espíritu Santo que guía y corrige este proceso. Los invito a rezar también por los que transforman la doctrina en ideología, para que el Señor les de la gracia de la conversión a la unidad de la Iglesia, al Espíritu Santo y a la verdadera doctrina”. 

Me he quedado estupefacto. Me parece que a nadie puede caberle duda alguna acerca de los destinatarios de la admonición pontificia. No hacía falta poner nombres: a buen entendedor, pocas palabras. Y justamente con pocas palabras, lanzadas casi en la improvisación de una homilía diaria, el papa Francisco ha vilipendiado e infamado a dos cardenales de la Iglesia y a todos los fieles que reclamamos un esclarecimiento de la doctrina sobre el matrimonio y la eucaristía. Sus palabras destilan desprecio y desdén por aquellos que "se aferran a la doctrina o al dogma", y no se atreven a “caminar por el camino siempre abierto y libre”, y esconden también una enorme ira contenida. 
Lo que está haciendo el papa Francisco es utilizar las instituciones y verdades de la Iglesia para imponer la confusión y, en última instancia, el error. Estamos hablando del Sucesor de Pedro que le dice sin demasiados rodeos a quienes objetan su enseñanza sobre un punto específico, e importante, de la doctrina cristiana, que son ideólogos y no hombres de fe y le dice a los católicos que deben obedecer a Pedro, que es él mismo, y sus enseñanzas.
Esta homilía del Santo Padre no necesita demasiados comentarios. Es tan clara y prístina que por sí misma se impone y vuelve a traer la pregunta que más de una vez nos hemos hecho en este blog: ¿Estaremos en presencia de algo más Oscuro y Tenebroso que una simple anécdota en la historia de la Iglesia?

Conclusión: Como fiel católico considero que, si hay historia después de Bergoglio, la Iglesia deberá ajustar y limitar lo que se entiende por poder petrino. El pontificado romano necesariamente debe ser redefinido. No podemos cerrar los ojos ante lo que ha sucediendo: la Iglesia está desamparada y sin ningún recurso frente a un Pontífice que se dedica a socavar la fe. Lo que podía pasar, y me refiero a lo que veía casi la mitad de los Padres del Concilio Vaticano I,  finalmente pasó. 

Corolario: No puedo entender la posición ultramontana que sostiene que el magisterio de los papas posteriores al Concilio, Francisco incluido, no tiene intención de imponer sus novedades con autoridad, en razón de la «potestas docendi», es decir, no tienen voluntad de enseñar. Por tanto, los fieles no tienen obligación de obedecerlos. Entonces, el problema no estaría en lo que yo considero una hipertrofia del pontificado romano sino en que estos pontífices abandonaron la intención de enseñar. Si las palabras del Santo Padre en la homilía que estamos comentando [“La Iglesia tiene su propio magisterio, el magisterio del Papa, de los obispos, de los concilios,... la obediencia madura al magisterio de la Iglesia...”], no pretenden enseñar e imponer una “verdad” a los fieles, yo no sé qué pretenden.

Nota bene: Advierto que no estoy sufriendo un brote de esquizofrenia. En las entradas anteriores lo que he querido destacar es la necesidad de un juicio sereno sobre el pontificado bergogliano y  la cautela de no caer en la ira a fin de que el juicio no se nuble. Y, a la vez, he planteado mi desacuerdo en las estrategias seguidas por algunos para enfrentar las dificultades actuales. 

sábado, 27 de mayo de 2017

Domingo de los Santos Padres


El rito bizantino celebra el séptimo domingo después de Pascua -mañana-, el “Domingo de los Santos Padres”, en el que se venera a los Padres que intervinieron en el primer Concilio Ecuménico de Nicea en 325. Fue allí donde se definió el dogma central de nuestra fe: la Santísima Trinidad y la consustancialidad de las tres Personas Divinas. 
El Concilio fue convocado por el emperador Constantino a instancias del obispo Osio de Córdoba que veía como la herejía del arrianismo -que consideraba a Nuestro Señor como una criatura del Padre- podía tornarse muy peligrosa. Quién más había sufrido este hecho, el patriarca Alejandro de Alejandría, acudió acompañado del diácono Atanasio, que luego será el gran defensor de la fe contra la herejía arriana que se extenderá a la totalidad del orbe.
La situación de confusión y herejía que estamos viviendo en la Iglesia actual es similar a la de esos primeros siglos. Sólo un detalle nos diferencia: en el siglo IV  se reunieron más de trescientos obispos en Nicea para defender la fe, y sólo diecisiete se pusieron del lado de Arrio. Hoy apenas si contamos con tres o cuatro obispos en el mundo entero que defiendan la integridad de la ortodoxia , y ya no contra un presbítero como Arrio, sino contra el mismísimo Sucesor de Pedro. 
Propongo que en este domingo hagamos propia la celebración bizantina y encomendemos la Iglesia y la integridad de nuestra fe a los Santos Padres del Concilio de Nicea.

Tropario de la fiesta: “¡Tú eres infinitamente glorioso, oh Cristo nuestro Dios! ¡Tú estableciste a los Santos Padres como estrellas radiantes sobre la tierra! ¡A través de ellos nos conduces a la verdadera fe! ¡Oh el más Misericordioso, gloria a Ti!

Kontakion: “La predicación de los Apóstoles y la enseñanza de las Padres estableció una sola fe para toda la Iglesia. Por eso, esta Iglesia, adornada con la verdad de una teología celestialmente inspirada, explica y declara con certeza el gran misterio de Cristo. 

jueves, 25 de mayo de 2017

Aclarando


El último post ha dado lugar a varios malentendidos debido probablemente a la redacción. A fuer de ser conciso, quizás haya perdido claridad. O puede deberse también a que un buen número de lectores no estén de acuerdo con lo pienso, y están en todo su derecho. Valgan sin embargo, algunas precisiones.
El equívoco que me resulta más urgente deshacer es que se piense que estoy atacando al cardenal Burke. Lo que textualmente escribí en este sentido fue: “Lo que podría haberse constituido como eficaz oposición fue pulverizada por las torpezas del cardenal Burke...”. Por la posible “eficaz oposición” que no se dio, me refería a algo que ya había comentado en estas páginas: muchos obispos y curas del montón, que aún conservan la fe católica y aman a la Iglesia, podrían haber tomado una actitud de resistencia más o menos activa, o pasiva, a Francisco, sin demasiadas estridencias pero tampoco sin claudicaciones. Se levantó la figura del cardenal Burke al que todos vimos, y muchos ven aún, como un paladín contra los estropicios del pontífice. Y la verdad es que al purpurado no le falta valentía para decir las verdades que hay que decir pero, a la vez, no podemos negar que sus dos maniobras más mediáticas y prometedoras -las dubia y la rebelión de la Orden de Malta-, no pasaron de asonadas y terminaron en derrotas. ¿Quién de esos obispos y curas se animará ahora a asumir una figura de resistencia activa? Muy pocos, por temor a ser identificados con el perdedor. No nos engañemos con nuestro clero y nuestro episcopado: muy contados son los capaces de embarcarse en la nave de los derrotados.
Conste que no estoy festejando estas derrotas: simplemente estoy constatando un hecho, por más doloroso que sea. Y, en todo caso, señalo que sendas derrotas eran perfectamente previsibles: Bergoglio jamás iba a contestar las dubia porque no tiene ninguna obligación de hacerlo, merced a los famosos privilegios y exageraciones del “papado romano” que nos ha llevado a esta situación. Y como expliqué detalladamente aquí y aquí, la rebelión de la cúpula de los caballeros de la Orden de Malta fue de una gran torpeza que lo único que consiguió es hacer desaparecer la misma Orden y todo lo poco o mucho de bueno que tenía.
Como afirmo también en la entrada, el papa Francisco no tiene oposición a la derecha. Dicho de otra manera, nosotros no existimos ni contamos como oposición. La semana pasada, el periódico italiano La Verità publicó un artículo en dos grandes páginas titulado: “La galaxia de los católicos que se oponen al Papa”. Los invito a darle una mirada aquí, y podrán ver que todos los “opositores” son, en el fondo, blogs. Para Bergoglio solo cuenta la Realpolitik y, por eso mismo, los opositores no somos más que vapor virtual. No tenemos fierros; ni uno solo, si consideramos la situación desde un punto de vista estrictamente humano. ¿Qué poder de fuego tiene el cardenal Burke? Algo podía quedarle cuando era Patronus de la Orden de Malta, pero ahora no es más que un purpurado boyando en el espacio exterior al Vaticano. ¿Qué poder de fuego tiene Mons. Athanasius Schneider? Solamente el preciado e indispensable ministerio que viene cumpliendo desde años, y que consiste en consolar y animar a los fieles de medio mundo. Y paremos de contar. No tenemos más obispos que al menos nos consuelen.
Les propongo un ejercicio de imaginación: ¿Qué pasaría si la semana próxima el cardenal Burke convoca a todos los católicos descontentos con los desastres que Francisco está ocasionando en la Iglesia, a marchar a la plaza de San Pedro a demostrar su oposición? ¿Cuántos irían? ¿Ustedes, yo? Facilitemos las cosas. Supongamos que la idea fuera demostrarse frente a los obispados de todas las ciudades episcopales del mundo, para ahorrarnos el viaje a Roma. ¿Cuántos irían en Buenos Aires? ¿Cuántos en Córdoba? ¿Cuántos en Salta? ¿Cien, doscientas personas? 
Frente a una situación de debilidad extrema como es la nuestra, me parece que debemos extremar la prudencia en cada uno de los movimientos que hacemos porque, con las mejor de las intenciones, podemos arruinar las mejores causas.
Con respecto al Prof. Roberto de Mattei, guardo por él el más profundo respeto. Es un intelectual reconocido, con una sólida trayectoria y un historiador indiscutible. En este blog publiqué una larga reseña, escrita por Jack Tollers, sobre su libro sobre la historia del Concilio Vaticano II, que prueba suficientemente mi admiración por su obra.
Pero el Prof. de Mattei es un académico, y yo también lo soy, y en el ámbito académico los disensos son habituales y nadie se extraña u ofende por ello. Y yo disiento con un punto de su  estrategia. Me parece muy bien su crítica fundada sobre el papa Francisco, y yo hago humildemente lo propio desde está bitácora, pero no me parece apropiado su discurso enardecido con el que promueve iniciativas en las que se embarcan mucha gente de buena voluntad y que están destinadas al más rotundo fracaso. Es cuestión de repasar páginas como Rorate Coeli o Adelante la Fe para comprobarlo. Valga como ejemplo el llamado público que hizo a comienzos de marzo para que el orbe católico se levantara pidiendo la dimisión de Mons. Vicenzo Paglia y de Mons. Marcelo Sánchez Sorondo, como pueden ver aquí. Yo soy el primero que quisiera ver a esos dos bribones de patitas en la calle y convertidos en párrocos en alguna periferia existencial pero, ¿alguien por ventura pensó acaso que esa iniciativa podía tener el más mínimo viso de éxito? ¿Alguien supuso que los obispos y párrocos animarían a sus fieles a firmar la nota pidiendo su destitución? ¿Alguien pensó que se podían reunir un número mínimamente significativo de firmas? Y, aún si se consiguiera, supuso alguien que el Santo Padre cedería y expulsaría de sus puestos a estos dos prelados? ¿Qué sentido tuvo entonces la propuesta? ¿Qué ganamos? Nada. Se logró más bien que los francotiradores ajustaran su puntería y se aumentaran las bajas. Creo estar en todo mi derecho en disentir en este sentido con el Prof. di Mattei, y creo también tener el derecho a expresarlo.
Algunos comentarios criticaban también que hubiera sacado de los favoritos al blog de Mundabor. No fue el único que desapareció y la razón es muy sencilla: Mundabor “no cambió”, como bien dicen algunos, sino que más bien se radicalizó y su religión se convirtió en atacar al papa Francisco por todos y cada uno de sus actos, y hacerlo del modo más extremado, disparatado e imprudente que pueda imaginarse. A mi entender, su autor se dejó ganar por la ira, y como ya escribí hace algunas semanas, ese es un peligro del que todos debemos cuidarnos, porque la ira es una emoción que, cuando se convierte en pecado, nos enceguece el entendimiento, y ya no vemos; pura y simplemente “sentimos” o, como diría Santo Tomás, “padecemos”. Y no me vengan con que se trata de la “santa ira” porque eso no es más que confundir virtud con vicio.
En pocas palabras, Mundabor se convirtió en un fundamentalista, y el fundamentalismo es uno de los peligros más graves y más cercanos en el que podemos caer durante los tiempos de crisis y de guerra como el que estamos viviendo. Hay que ser “fundamentalista”, en todo caso, en la defensa de la fe, pero no en el ataque o defensa de una persona, por más papa y por más impío que sea.
Queda aún otro punto que aclarar y es el que señala Lucardo (a quien agradezco su lectura atenta a pesar de sus disensos y sus críticas claras y respetuosas, como corresponde a caballeros cristianos): cambié mi opinión sobre Bergoglio y me estaría convirtiendo en francisquista. No es así en absoluto y ratifico todo lo que he dicho en este blog desde el 13 de marzo de 2013. Pero me explayaré sobre este tema en una próxima entrada.

martes, 23 de mayo de 2017

De la Zecca al Consistorio

En los últimos dos días nos hemos visto sorprendidos por dos noticias relevantes: la creación de cinco nuevos cardenales y la renuncia de Mons. Alfredo Zecca a la sede archiepiscopal de San Miguel de Tucumán. 
Empecemos por lo más fácil:
El papa Francisco, una vez más, expande el espectro cromático del colegio cardenalicio: unificados por la púrpura, asomarán bajo los birretes la oscuridad de un obispo de Mali, los cabellos rubios de un sueco y los ojos rasgados del vicario apostólico de Laos. Más allá de su gusto por la diversidad, ¿por qué lo hizo? Yo veo aquí dos motivos, uno de mediano y otro de largo plazo.
El de largo plazo es fácil de adivinar: se está asegurando mayorías en el próximo cónclave, es decir, está configurando al próximo papa, algo que lamentablemente, Benedicto XVI no hizo. Lo que Francisco busca es que quien lo suceda provenga como él de las periferias geográficas y que, consecuentemente, Europa deje de ser el centro de gravedad de la Iglesia. Ya sea porque constata una realidad indiscutible -el Viejo Continente dejó de ser cristiano hace tiempo-, o porque su resentimiento lo lleva a detestar la cultura europea y prefiera una “Iglesia en salida” hacia los suburbios, lo cierto es que está todo lo posible para que la Iglesia nunca más sea gobernada por papas europeos.
El objetivo de mediano plazo es más complejo de entender: Francisco se está creando un respaldo mayoritario de cardenales que constituyan una base indiscutible de sostén político en caso de dificultades y de posibles intentonas de golpes de estado. Muchos pensarán que estas asonadas vendrían de la resistencia conservadora a las políticas del papa Francisco. Pues no. Sencillamente, porque tal resistencia no existe. Lo que podría haberse constituido como eficaz oposición fue pulverizada por las torpezas del cardenal Burke y de todos aquellos que, prestando oídos a los consejos del Prof. Roberto de Mattei, se lanzaron a cruzadas condenadas de antemano al fracaso y que solamente lograron incinerar a sus líderes y arruinar las buenas causas. 
La resistencia que realmente le preocupa al papa es la la resistencia progresista a la cual él, en el fondo, ha traicionado. Como lo reveló solapadamente el cardenal Daneels, Bergoglio fue elegido con el apoyo de un grupo de cardenales progresistas que presumiblemente habrán acordado con él una serie de compromisos tendientes a la reforma de la Iglesia a cambio de las papeletas con su nombre. Lo cierto es que Francisco se ha dedicado en estos cuatro años a lanzar continuos fuegos de artificios retóricos y metrallas de gestos vulgares pero los cambios propiamente han sido muy pocos. Los cardenales progres en serio esperaban que, luego de cuatro años, ya se hubiese eliminado el celibato sacerdotal, se estuviera discutiendo seriamente el sacerdocio femenino, se hubiera aceptado la sodomía y desmantelado la Curia romana. Bergoglio, que es un viejo zorro que le importa un bledo la doctrina -sea conservadora o progresista-, jamás pondrá la firma en ninguno de estos cambios. Lo más que llegó a hacer fue incluir una confusa y ambigua nota a pie de página en una encíclica que no hizo otra cosa sino dar cierta legalidad a los que se venía haciendo desde hace décadas: nada nuevo, al menos para países como Alemania, Suiza o Bélgica que se quedaron con gusto a poco. De cambios reales y sustanciales, ninguno. Estimo entonces, que los cardenales de San Gallen estarán no solamente decepcionados sino furiosos y pidiendo explicaciones. Es por eso que el papa Francisco necesita constituir una base de apoyo político que vendrá de cardenales del tercer mundo que no dudarán en sostenerlo frente a cualquier intentona blanca, rica y europea, sea del signo político que sea.
Una curiosidad es que, entre los nuevos purpurados, figura Mons. Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador. Otro paso de comedia de Francisco, que se estará matando de risa del desconcierto provocado en el episcopado mundial. Mons. Chávez fue un discípulo directo de Mons. Óscar Romero que, nombrado obispo auxiliar a comienzos de 1982 por Juan Pablo II, jamás fue promovido a una sede residencial. Más aún, ahora mismo no es más que un párroco de la capital salvadoreña. Lo curioso e inaudito será el que el arzobispo de esa ciudad tendrá como auxiliar a un cardenal. 
Se trata, por cierto, de un gesto típico de Francisco. Al conceder está nombramiento, reviste al cardenal Rosa Chávez de un poder simbólico y real mucho mayor que si lo hubiese elevado a una sede episcopal, por más importante que esta fuera. Lo que está haciendo es señalando con el dedo quién es su referencia en Centroamérica junto con el saxofonista cardenal Rodriguez Madariaga. Análogamente a lo sucedido hace pocos días con la promoción de Mons. Carapa, el Santo Padre encumbra a nulidades fácilmente manejables y con muchos favores que pagar.
Pasemos ahora a la segunda noticia que ha dejado pasmados a todos: la renuncia de Mons. Zecca. Hasta aquellas fuentes que conocen bien los entresijos de las curias criollas y la Curia romana no salen de su asombro, no solamente por la renuncia en sí misma sino por el modo en fue hecha pública.

Mons. Alfredo Zecca no fue buen rector de la Universidad Católica Argentina. Varias veces lo destacamos en su momento en este sitio. Hay que decir, sin embargo, que fue un buen rector -dentro de lo posible, claro- del seminario arquidiocesano de Buenos Aires durante la época del cardenal Quarracino y ha sido un buen obispo de Tucumán, muy superior a la media argentina. Es verdad también que, aunque sus enfrentamientos con Bergoglio no fueron públicos, el entonces cardenal primado se lo quiso sacar de encima primero mandándolo como sucesor de Mons. Lona en el obispado de San Luis y, cuando esta patraña no le resultó, como arzobispo de Tucumán. Lo importante era dejar vacío el sillón de rector de la UCA para ubicar en él a uno de sus alcahuentes, el Tucho Fernández. 
Las razones de la renuncia que se aducen son los problemas de salud que padecería el prelado tucumano. No parecen para nada convincentes. Ni siquiera se ha filtrado cuáles serían esos problemas. Lo más probable es que no tengo tenga más que algunos achaques debidos a su pasada obesidad. 
Por otro lado, resulta muy extraño que la renuncia se haya hecho pública sin haber sido aceptada previamente por el Papa y sin haberse nombrado sucesor. Esto no sucede nunca en los usos vaticanos. Pareciera -y esto es sólo una conjetura- que primereó al Papa. ¿Por qué motivo? El sentido común nos dice es que si hizo algo feo y desagradable en extremo como renunciar, fue para evitar algo mucho más feo y desagradable. ¿Qué podría ser? Viniendo de Bergoglio, todo es posible. 
Ciertamente, el desplazamiento de Mons. Zecca era cuestión de tiempo. Hace algunos años, un frailecico con veleidades de ermitaño, se había ido de boca y lo había declarado a la prensa como pueden ver aquí. [Nota al margen: se comenta en círculos autorizados que fray Pepe Guirado, luego que fuera rescatado por Bergoglio de las garras de Zecca, infló su pecho como pavo real en celo, y comentaba a diestra y siniestra el interés que el Santo Padre había demostrado por sus escritos que serían utilizados para una encíclica. Cuentan también sus allegados que, ante los continuos llamados que recibía de los medios porteños, se grababa y escuchaba, una y otra vez. Todo muy propio de un eremita]. El caso del suicidio del mujeriego cura Juan Viroche marcó el ocaso definitivo de Mons Zecca y la certeza de su misericordiación. Eligió autorisericordiarse.
La última conjetura -y no pasa de esto- es que Zecca haya tenido noticias de quién sería su sucesor. Y no resulta descabellado pensar que fuera quien lo sucedió en el rectorado de la UCA, pues no resulta desatinado suponer que Bergoglio utilice la misma tramoya para eyectarlo. Probablemente, con este gesto inesperado intenta, de alguna manera, abortar la maniobra.
Veremos. Por ahora, lo único que hay es desconcierto y dudas.