lunes, 19 de febrero de 2018

Recordando a Olmedo


Alberto Olmedo fue un cómico argentino de cuya muerte se cumplirá dentro de pocos días treinta años. Uno de sus más celebrados personajes era Borges que mantenía con Álvarez (Javier Portales) diálogos disparatados de un humor zafio que en los ’80 era considerado, además, indecente. Una de las historias que contaba recurrentemente era el argumento de un película que le proponía rodar a su amigo: en el comedor de una casa se encuentran almorzando el marido con su mujer, su madre, su hija y el Boby, es decir, el perro. De pronto, entra una banda de forajidos que descuartiza a la madre, mata la mujer, viola a la hija y degüella al Boby. Luego, se acercan al hombre y, de un manotón, le arrebatan el plato de tallarines. Esto lo hace hace reaccionar y en un despliegue de ira, echa a los asesinos de su casa. La historia sigue pero no nos interesa. Lo que el cómico quería mostrar de un modo muy básico y elemental, era la escala de valores con la que se manejaban algunos argentinos de la época: cualquier cosa menos los tallarines. Parece exagerado y sin duda lo es, pero bien pensado, a veces nos manejamos con escalas de valores análogas. 
Hace pocos días, hablando con unos amigos españoles, se me ocurrió preguntarles acerca de la pretendida independencia de Cataluña, esperando una aireada respuesta contra los pertinaces catalanes. Y sí que hubo una respuesta aireada, pero fue contra los españoles, o contra el resto de los españoles, y especialmente contra los católicos, y sobre todo contra los que en este blog hemos siempre llamado neocon, es decir, Opus Dei, Neocatecumenales y otros similares. Y el motivo que ocasiona el enfado de mis amigos es válido, tan válido como el que podría producirnos la conducta del protagonista del guión cinematográfico de Olmedo.
Los católicos neocon apenas si cacarearon pasivamente cuando se impuso la ideología de género en todos los ámbitos de la vida diaria, ¿con qué derecho, entonces, vienen ahora a protestar contra el “derecho” catalán? Pues resulta que si Juan se autopercibe como María, tendrá derecho a ser tratado por tal, con cambio de identidad y cirugías incluidas,  pero si un catalán deja de autopercibirse como español incurre en gravísima herejía y pecado. Valores tan invertidos como los del amante de los tallarines.
No se trata de abogar por la independencia catalana, sino simplemente de mostrar que algo no está funcionando bien en la escala de valores. No tiene mucho sentido declarar la intifada porque se rompe una unidad que hace mucho tiempo dejó de tener sentido. ¿A qué sirve estar unidos bajo la égida de monarcas perjuros y democracias liberales? 
Pasemos a otro ámbito. A principio del siglo XX, San Pío X cambió a su antojo el breviario romano que se perdía en los orígenes de la oración cristiana; en los ‘50, Pío XII cambió los ritos de la Semana Santa que tenían no menos de mil años de antigüedad; pocos años después, bajo un supuesto mandato conciliar, un grupúsculo de eruditos destruyó la misa del rito romano, cuyo núcleo se remontaba a San Gregorio Magno, y la sustituyó por un invento en constante mutación; desde hace décadas el catecismo que se enseña a los niños ha dejado de hablar de Jesús como el Hijo de Dios, de la Trinidad, de la salvación y de la perdición eternas, y de las demás verdades de la fe, y ha reducido nuestra religión a un código de convivencia ciudadana, y desde los ‘70 los misioneros abandonaron sus esfuerzos por convertir a la fe de Cristo a los paganos y se redujeron a ser agentes ecuménicos de cambio social. Todo esto está ocurriendo desde hace mucho y a ojos vista, y nadie, o muy pocos, levantaron la voz. Sin embargo, ahora se armó una batahola porque el papa Francisco autorizó a que los católicos recasados, luego de un brumoso discernimiento, pueden recibir la eucaristía.
Que nos destruyan la liturgia, pase. Qué nos arruinen la fe, pase. Pero eso sí, que no nos toquen la moral sexual. Los tallarines son sagrados. 


Nota bene: Retomo el blog luego de algunos meses de hibernación a los solos efectos de contribuir a la salud mental del Santo Padre. El sábado pasado, La Civiltà cattolica, revista jesuita italiana y órgano oficioso del Papa, publicó el texto integral de la larga conversación que tuvo el pontífice con los jesuitas chilenos durante su viaje al país trasandino. Ante la pregunta acerca de cómo había “discernido” las resistencias encontradas a lo largo de su pontificado, Francisco respondió entre otras cosas: “Hay resistencias doctrinales que ustedes conocen mejor que yo. Por salud mental, yo no leo los sitios de internet de esta así llamada “resistencia”. Sé quiénes son, conozco a los grupos, pero no los leo, simplemente por mi salud mental. Si hay algo grave, me informan para que sepa de qué se trata. Ustedes los conocen… Es un disgusto, pero es necesario seguir adelante”.
- Santo Padre, aquí estamos. Usted nos conoce pero no nos lee, no vaya a ser que le ocasionemos un desequilibrio mental. Mejor así, no sea que después nos culpe de sus psicopatologías, aunque para defendernos conocemos el informe que el P. Kolvenbach presentó a la Congregación de Obispos cuando le consultaron acerca de la conveniencia de nombrarlo a usted obispo auxiliar de Buenos Aires, informe que por lo demás ya es público.

martes, 1 de agosto de 2017

Transitus



Sicut gloria mundi transit,
sic etiam transit The Wanderer


RIP Wanderer. Bene satisque pugnavisti. Ego et lassus sum
Normandus

miércoles, 26 de julio de 2017

La claridad de las almas transparentes


Reportaje al Prior General de la Gran Cartuja

lunes, 24 de julio de 2017

Chocó la calesita

por el Sargento García

El pasado 30 de junio tomó posesión de su sede episcopal Mons. Santiago Olivera, Obispo Castrense de la República Argentina, y un mes más tarde, ya chocó la calesita.
El 3 de julio designó Vicario general a Mons. Pedro Candia, hasta entonces Administrador diocesano de esa jurisdicción eclesiástica durante los últimos 10 años. Sin embargo a los pocos días Mons. Candia presentó su renuncia a dicho cargo. Mons. Olivera, “ponderados los motivos expuestos, ha aceptado dicha renuncia”. Obviamente los motivos expuestos por Candia no fueron comunicados, por ese motivo la renuncia fue calificada de sorpresiva. Un sitio de periodismo digital intentó un análisis político de la medida tomada por el Obispo.
Olivera se encargó de remarcar a las autoridades civiles y militares con las que se reunió que su misión es eminentemente pastoral y no política, aunque tenga una dimensión política por la particular tarea que desarrolla en el ámbito público. Para plasmar esa consigna nombró Vicario para la pastoral a un joven sacerdote totalmente ajeno al ámbito castrense, dejando la designación del Vicario general para la vuelta de un programado viaje.

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Mons. Pedro Candia se desempeñó con pericia como Administrador diocesano del Obispado Castrense. Esta compleja jurisdicción eclesiástica fue por él conducida, en los primeros tiempos acompañando al anterior obispo y los últimos 10 años al frente de la misma. Los pocos casos conflictivos que tuvo que tratar los resolvió con solvencia.
Durante esos años le tocó lidiar con significativos enfrentamientos entre el gobierno argentino y la Iglesia católica como fueron los provocados por los gobiernos de Kirchner y Fernández de Kirchner; aquellos mismos con quienes el Cardenal Bergoglio –refugiado en su palacio arzobispal– no tenía trato, y se mantenía inserto en su más absoluto mutismo.


La culpa no es del chancho...
En este blog ya se había denunciado la ineptitud de Mons. Olivera para el cargo para el que fue designado por el Papa Francisco y antes del primer mes de gestión los hechos demuestran esa falta de capacidad. Él fue un buen mayordomo del histriónico Mons. Laguna, incluso supo llevar adelante una pequeña diócesis como la de Cruz del eje que cuenta con un puñado de sacerdotes. Pero el Obispado Castrense es inmenso y desconocido para él y para su nuevo colaborador.

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El sacerdote designado Vicario para la pastoral no es del todo ajeno al ámbito militar, pues pertenece a la Sociedad Sacerdotal San Juan, fundada y dirigida por el sacerdote Iván Pertiné Quirno, criado en el ámbito castrense pues es hijo del marino Basilio Pertiné (también es sobrino político del ex presidente Fernando de la Rua). Olivera promueve a esta asociación que encontró en su anterior destino como Obispo, por ello le agradece a éste su generosidad y comunión eclesial por desprenderse de un sacerdote para contribuir con la pastoral entre los militares. 
El P. Pertiné está muy agradecido de poder ampliar el espectro pastoral de su fundación en Buenos Aires, donde hasta ahora sólo actuaba por medio de profesores en colegios y universidades católicas. Éstos remitían sus conquistas apostólicas hasta Pilar, la sede más cercana a la Capital. Ahora ahorrarán viajes dirigiéndose a Retiro, además de contar con el campo virgen que ofrece la peculiar diócesis militar.


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Mientras tanto el Obispo Castrense, en medio de esta crisis institucional, partió en viaje rumbo al exterior (“previsto antes de ser nombrado obispo castrense”), rutina que ya se explicó en este blog.

jueves, 20 de julio de 2017

El cardenal Müller, ghost writer del Wanderer


He leído con satisfacción, la entrevista al cardenal Müller que se conoció ayer y que confirma lo que desde hace años venimos afirmando en este blog: el problema no es Francisco ni los “papas conciliares”; el problema es el sobredimensionamiento del pontificado romano.
Gerhard Müller fue destituido, o más bien misericordiado, por el Papa Francisco hace pocos días. Y no se trata de una interpretación personal. El purpurado lo dice con todas las letras: “Cualquiera se puede imaginar lo que ello significa. Fui llamado a Roma por el Papa Benedicto únicamente para este cargo. Normalmente se parte de la base de que es hasta los 75 años. Pero ahora se ha decidido otra cosa”. En pocas palabras, Müller se considera despedido por el Papa de la misericordia.
Hay que decir, sin embargo, que se las buscó. O, más bien, que no se sumó al coro de aduladores. Dijo las cosas cuando tuvo que decirlas, sin miedos y, seguramente, a sabiendas que podían venir represalias. Recordemos que fue un opositor a los “Amores de Leticia” desde el comienzo, y que en varias ocasiones abogó por una interpretación ortodoxa del documento pontificio. Declaró que su función era “enarmarcar” las declaraciones del Sumo Pontífice y lo le tembló el pulso para afirmar que “la doctrina social de la Iglesia debe aplicarse también en el Vaticano”, en referencia a los tres oficiales de la Congregación de la Doctrina de la Fe que fueron despedidos sin mediar razón por parte de Bergoglio. 
En la entrevista conocida ayer, sostuvo que hay personas que tienen una "devoción papal hipócrita”, con “adulación cortesana y afectada subordinación”. No puedo dejar de pensar en la marea de obispos trepadores y chupamedias que peregrinan a Roma para hacerse ver por el Pontífice a fin de lograr quién sabe qué favores. En su momento hablamos aquí, por ejemplo, de Mons. Eduardo Taussig, obispo de San Rafael, y digno exponente de esta especie de prelados arribistas.
Dijo luego que “El Papa también es solo un ser humano. Eso quiere decir que no todo lo que hace y dice es de por sí perfecto e insuperable”. Estas palabras, de mero sentido común, no caerán bien en los medios neocones, como Fasta, para quienes los “papas conciliares” son una suerte de semidioses, y tampoco en los medios ultramontanos, como ciertos sectores del tradicionalismo más enragé, para quienes los papas preconciliares son los que gozan de esa prerrogativa. 
Luego afirmó: “No debería surgir un culto a la personalidad ni un turismo papal por el hecho de que el pontífice sea una persona muy cercana. En los tiempos de los medios de comunicación masivos es peligroso que la gente solamente aclame al papa o que viaje a Roma por sensacionalismo, para poder decir después 'he visto al papa en primera fila y estaba muy cerca de él’”. Es exactamente esto lo que yo mismo decía hace pocos días, cuando en un post imaginaba las medidas que tomaría si fuera elegido Papa. 
No creo desvirtuar el pensamiento del cardenal Müller si afirmo, una vez más, que esta profunda crisis que está atravesando la Iglesia, si no es terminal, deberá servir para replantear el lugar que debe ocupar el pontificado romano.

Nota bene: Curiosamente, las palabras del cardenal Müller han servido para que Clarín se revelara como un diario ultramontano. ¡Quién iba a decirlo! El principal y progresista diario argentino es un decidido defensor del más rabioso romanismo. 

lunes, 17 de julio de 2017

Don Gabino y la oración

Estimado Wanderer: leo a diario su excelente blog, pero comento poco. Neófito como soy (bautizado de bebé, pero recibiendo la Confirmación hace solamente 5 años, ya pasadas 3 décadas de mi vida), no suelo comentar mucho porque tengo poco que aportar, pero mucho que aprender. Esa es una consulta personal, relacionada con Mateo 7, 7-12. Tengo enorme dificultad en creer en esos versículos, que usan palabras tan fuertes, tan categóricas, sobre el poder y efectividad de la oración, que me parece que no deben ser tomados en un sentido tan alegórico que los diluya, y que además aparecen en varios otros pasajes del Evangelio. Parece que tenemos que tomar en sentido bastante literal, excluyendo (claro) pedidos fútiles como “Dios, hazme ganar la lotería para darme todos los gustos y no tener que trabajar”. Así que estoy preguntando a varias personas que (por lo que a mí me parece) están más adelantadas que yo en fe y oración, sean laicos o de vida consagrada: Muchas gracias y que Dios lo bendiga.

Uno de los paseos favoritos de don Gabino consistía en tomar el camino que salía de San Etelberto hacia el este y luego un sendero que, rodeando la montaña, subía hasta la cima donde se hallaba el castillo y ofrecía una vista formidable del pueblo hundido en medio del valle. La caminata duraba varias horas, no sólo porque era un buen trecho el que había que recorrer sino porque el follaje, los animales, las flores y los arroyos impedían seguir sin más y exigían pausas para la contemplación. Y mucho más cuando la excursión no se hacía en solitario sino acompañado por un buen amigo. Bancos y poyos, de madera o de piedra, se desparramaban aquí y allá y ofrecían la ocasión para abrir las viandas, descorchar el vino ligero y conversar más pausada y cómodamente.
La señora Forgeron, que tenía la curiosa costumbre de hacer remolinos con sus manos sobre la lumbre, había preparado para su marido y don Gabino un poco de pan, queso y algunas almendras. El viejo llevaba una botella de chacolí de Zarauz. Pasadas ya las diez de la mañana partieron los dos mientras en el cielo comenzaba a derramarse desde el sur un manantial de nubes grises con cenefas blancas y brillantes.
El alcorce había comenzado ya a tapizarse de hojas amarillas, y amarilleaba también el follaje de los árboles.
- No siempre concede lo que pedimos -dijo Forgeron- y Él sabrá porqué. 
Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” - respondió don Gabino.
- Ya sé que eso es lo que dice el Evangelio, pero también sé que no siempre recibimos aquello que pedimos. Será que habrá condiciones para pedir; la constancia dicen...
- La constancia, sí, pero algo todavía más complicado: la paradoja. 
- ¿Castellani y Kierkegaard? - preguntó Forgeron.
- No sé... en todo casa la paradoja que yo veo es que Dios siempre pide que le entreguemos primero aquello que le estamos pidiendo -respondió don Gabino.
- ¿Cómo podemos entregar lo que no tenemos? Y si ya lo tenemos ¿para qué pedirlo?
- Es que de alguna manera ya tenemos previamente aquello que estamos pidiendo. El deseo no es absoluto. Eso es lo que decía Freud. Se desea lo que se ama, y para amar algo primero tengo que conocerlo, y conocer es poseer. 
- Es decir que ya poseemos lo que no tenemos pero deseamos. La verdad que es una paradoja.
- Y Dios pide, para dárnoslo, que se lo entreguemos. ¡Vaya paradoja!

La senda había comenzado a empinarse y la subida arrancaba algún resoplido al más viejo y al más joven, que comenzaba a darse cuenta que los años pasaban. Se sentaron a descansar un momento en un poyo de piedra que se respaldaba sobre la roca de la montaña. Frente a ellos, las nubes se despeñaban e inundaban las laderas cubiertas de árboles otoñales.
- Me recuerda a Lewis -dijo Forgeron, y comenzó a recitar de memoria: “Creo que la tierra, si se la escoge en lugar del cielo, resultará, todo el tiempo, sólo una región del infierno; y creo que la tierra, si se la sitúa después del cielo, resultará desde el principio una parte del mismo cielo”.
- Es eso justamente. Dios quiere que arrojemos aquello que pedimos, como un piedrazo, más allá de la tierra, en el cielo. Y así, cuando lo recibimos, estaremos recibiendo no solamente lo que pedimos sino también un pedazo de cielo. Si Dios nos diera inmediatamente lo que pedimos, así sin más, correríamos el riesgo de quedarnos en la pura tierra que, como bien dice Lewis, se termina convirtiendo en una región del infierno.
Siguieron la marcha. El sol apenas si podía filtrar un rayo que otro a través de la fronda débil del bosque porque el celaje, movido por la brisa ligera, lo interrumpía a cada paso.
- ¡Vamos don Gabino! Todavía queda un trecho -dijo Forgeron-. Tenemos que alcanzar los “países altos”. 
- Allá vamos -respondió el viejo-. Como decía Lewis, en las regiones altas descubriremos que no perdimos lo que abandonamos y que allí encontraremos lo que verdaderamente buscamos, más hermoso aún que lo esperado.
- ¿Y hay que abandonar todo?
- Hay que abandonar todo lo de la tierra y ponerlo más allá, en el cielo. Y Dios sabrá cuando nos lo dará, si ahora que se lo estamos pidiendo, o cuando alcancemos los “países altos”. Lo que es seguro, es que nos lo dará, y en un ciento por uno, y mucho mejor de lo que podemos siquiera imaginar.
- No es fácil entender todo eso, y mucho menos fácil es esperar -dijo Forgeron mientras, imitando a don Gabino, había comenzado a ayudar a su caminar con un palo seco.
-   “S’i’ ho ben la parola tua intesa”, / 
rispuose del magnanimo quell’ombra, 
“l’anima tua è da viltade offesa; 
la qual molte fiate l’omo ingombra 
sì che d’onorata impresa lo rivolve, 
come falso veder bestia quand’ombra”.
- No me llevo bien con el toscano, pero veamos si puedo traducir a Dante: 
“Si entiendo bien lo que tu lengua expresa”, 
la sombra del magnánimo repuso, 
“la cobardía sobre tu alma pesa; 
la cual al hombre muchas veces puso 
de espaldas al deber que le cabía,
como a la bestia su mirar confuso”.
- Cobardía, señor Forgeron, cobardía. De eso trata. Son cobardes los incapaces de cumplir con el deber que les cabe. Nadie va a recibir de Dios lo que pide si, en primer lugar, no es capaz de asumir el deber que el mismo Dios le asignó. Y mire que Dios suele imponer deberes paradójicos. 
- Dígaselo a San Alejo, el hombre de Dios -respondió jadeante Forgeron mientras subía una pequeña cuesta. 

Llegaron, finalmente, a la cima de la montaña. Los grises muros del castillo lucían fríos mientras las nubes se enroscaban en las torretas y almenas. Un roble se doraba al calor del otoño y, un poco más allá, un banco de madera se asomaba al valle donde, en el fondo, se levantaban las casas de San Etelberto. Se sentaron, y comenzaron a dar cuenta del manchego con pan, ayudándose con sorbos de chacolí.
- Solamente desde aquí, desde las “regiones altas”, podremos darnos cuenta que Dios siempre nos dio lo que pedimos, así como solamente desde aquí podemos darnos cuenta que a la casa de Bulgarov se le han volado un par de tejas -dijo don Gabino señalando un caserón que sobresalía en medio del pueblo.
- Tiene razón. En lo inmediato es imposible. La acción de la Providencia sólo puede verse desde la distancia del tiempo.
- Yo diría más bien que sólo debe verse desde la distancia del tiempo. De otro modo, se corre riesgo cierto de justificar nuestra pereza, nuestros errores y nuestras cobardías achacándoselos a la Providencia.
- Recuerdo cuando en mis épocas de estudiante, me conformaba diciendo que la Providencia había querido que rindiera mal un examen.... -dijo Forgeron mientras empinaba la botella del vino agrio y ligero.
Lo giorno se n’andava, e l’aere bruno...
- Tiene razón, don Gabino, el aire se está empardeciendo. Mejor volvemos.
Y ambos comenzaron a descender el sendero. 


Los textos citados de C.S. Lewis corresponden al prólogo de El gran divorcio.
El texto de Dante corresponde a Divina Commedia, Inferno II, 43-48. La traducción es de Ángel Crespo.
Las fotografías son de Castel Pergine, ubicado en la zona del Trentino.