jueves, 25 de agosto de 2016

Elogio de la corbata

por Ludovicus
La corbata amenaza con desaparecer, al abrigo de cierta demagogia prima de los sans culottes de la Revolución y de los descamisados de Perón. Cada vez menos situaciones la exigen: un casamiento muy formal, un Te Deum,  o una entrevista para un trabajo en el que no se usará corbata. Es una pena. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo, escribió el conservador Borges. Y ocurre que un cambio de hábito es un cambio de hábitos. Siempre me llamó la atención que Aristóteles colocara algo tan accesorio como la ropa en la categoría de accidente metafísico, nada menos que aquello que modifica a la sustancia, contrariando el trillado refrán de que el hábito no hace al monje. Decididamente, sólo entendemos a Aristóteles a la tarde. La lechuza de Minerva. 
No he sido siempre un apologista de la corbata. De chico, era sinónimo de colegio, de nudos complicados, de falta de libertad. De joven, disfrutaba con sacármela cuando llegaba del trabajo, y no comprendía a las generaciones anteriores, a veces con bata y corbata en su propia casa. En realidad, muchas veces la corbata marcaba los lindes de lo público, de la obligación, del actuar político (de la polis). Ya habían caído los sombreros como si fueran coronas, pero la corbata permanecía, como reliquia de la fusión entre la corte de Luis XIV y los feroces mercenarios croatas que la llevaron.
Ya no. 
El primer elogio que se me ocurre de la corbata es su inutilidad: es la única prenda gratuita del vestuario masculino (hasta los gemelos tienen su función, al reemplazar los botones). Es un lujo, como el amor, la filosofía o el vino, algo tan superfluo como los colores de la cola del pavo real macho. Podrá usarse a veces para reflejar el estado de ánimo, pero muchas veces se elige por azar y gustos, fabricada con géneros preciosos (alguien debería explicar por qué la seda sólo aparece también en los bolsillos y forros). Desde Brummel en adelante el vestuario masculino se ha funcionalizado y acromatizado: la corbata es una reliquia de antiguos esplendores, de una virilidad menos gris y más autoafirmativa (¿para cuándo el desfile del orgullo varonil?), como ocurre en la naturaleza. 
Algunos no obstante computan a favor de la corbata un beneficio colateral: no exige camisas impecablemente planchadas, en particular en el reborde donde se abotonan (uno de estos días le preguntaré a mi mujer como se llama). Muchos, en especial los actores y políticos –perdón por el pleonasmo- que no usan corbata “por simplicidad” cambian sus camisas durante el día, un lujo inasequible al vulgo. 
La frivolidad y la mala conciencia de los que no son progres o mejor dicho, lo son pero de tránsito lento, ha llevado a adoptar esta moda, negativa si las hay, porque produce la sensación de “informalidad”, “sencillez”, quizás juventud. La clase media urbana ha encontrado su descamisamiento, y nuestros políticos de centro ya logran parecerse a los funcionarios iraníes o chinos, verdaderos precursores de la descorbatez. Triste conquista que comparten con los anteriores bolcheviques de salón, cleptócratas de vocación. 
En cualquier caso, sentimos que algo muy hondo se pierde con la corbata. Quizás el cuello es una zona más noble de lo que pensamos para dejarlo desnudo, quizás los croatas tuvieran razón y la corbata es un amuleto que defiende al corazón de las agresiones y de la vulgaridad, del mal de ojo y de la ignorancia 
Pero quizás el argumento más dramático a favor de la corbata es que priva de lo que llamaremos el estado-de-estar-sin-corbata de nuestras épocas juveniles. Ese sentimiento de frescura y de libertad, de informalidad y franqueza que transmite el descorbatamiento desaparece si se elimina definitivamente la corbata. Es como si se hicieran todos los días feriado: desaparecerían los feriados. Las cosas se valoran, ay, cuando se van perdiendo, y al perder el sentido de las formalidades se destruye el de la informalidad. Las reacciones negativas son eso: acciones que valen contra algo.  Como el protestantismo sin Papa, como el libertinaje sin victorianismo, como el ateísmo sin Dios, una vez que aquello contra lo que se reacciona desaparece nos quedamos vacíos. Con la camisa abierta y el cuello, el pecho, desguarnecidos.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Su Eminencia


Publicaba ayer una fotografía enviada por mi agente Jaimito con los dos malandras pontificios.
La que me envía hoy fue tomada ayer martes 23 de agosto, a las 19:30 hs., en una librería de viejos de la Avenida de Mayo. A quien se ve allí revolviendo libros viejos es al cardenal Mario Aurelio Poli, arzobispo de Buenos Aires y Primado de Argentina.
Discretamente vestido de negro y dedicado a una actividad que se encuentra entre mis preferidas. Un aplauso para Su Eminencia.

martes, 23 de agosto de 2016

¿Qué estarán tramando?



Anoche -22 de agosto de 2016- se vio en una discreta mesa de un bodegón de Recoleta a estos dos malandras. El que se tapa la cara es Mons. Marcelo Sánchez Sorondo, alcahuete pontificio y traidor mayor a los principios que aprendió de su padre y enseñó durante décadas en las universidades romanas.
El otro es Gustavo Vera, decano del lumpenaje del que gusta rodearse a Bergoglio, su enviado para acordar con Podemos, el partido español que perdió estrepitosamente las elecciones, y su operador en las cuestiones sucias e inconfesables.
¿Qué estarían tramando? Lamentablemente, mi agente no pudo activar los micrófonos ocultos pero creo que en todos podremos descubrirlo.
Yo creo que se trata de la próxima operación para ir desgastando el gobierno de Macri, desparramando datos falsos y soliviantando a las masas de orcos que manejan.

viernes, 19 de agosto de 2016

Black Mischief

Black Mischief es una hilarante novela de Evelyn Waugh, recomendable para quienes deseen reírse un rato. Acabo de comprar en Mercado Libre una edición española de los ’50, en la que traducen el título como Fechoría negra. Otra traducción prefiere Merienda de negros (pueden bajar desde aquí). De lo más oportuno para sintetizar, según mi opinión, los puntos que discutimos en el artículo anterior.
Y empiezo otra vez con una referencia a Castellani. El 25 de junio de 1970 le escribía a su gran amigo Alberto Grafiggna: 
“En cuanto a la patria me pasa algo raro: que ya no le tengo amor, no es eso; que no sienta sus contrastes, tampoco; que no me importe nada, menos; que sea una nación “anómala” como decía César Pico, “blandengue” como decía Scalabrini, o “cretina” como decía Améndola, no estoy seguro. Lo que me pasa es difícil de explicar: una especie de indiferencia resignada y triste junto con una viva atención del intelecto; en fin, esa “inútil sabiduría de la vejez”, que quien sabe si es útil”. 
Y yo, sin tener sabiduría y sin ser todavía viejo (o, al menos, no del todo) siento esa misma indiferencia resignada aunque no triste, por el momento. Y la expongo en la siguiente síntesis, propia de un aficionado a la historia y no más que eso.
Argentina nació de un parto prematuro, acunada por una Primera Junta -rejunte de contrabandistas y jacobinos (cf. Roberto Di  Stefano, Ovejas Negras. Historia de los anticlericales argentinos, Sudamericana, Buenos Aires, 2010)-, y bautizada por clérigos liberales y amancebados, triste antecedente de la tradición clerical y episcopal argentina (cf. N. Calvo, R. Di Stefano y K. Gallo, Los curas de la Revolución. Vida de eclesiásticos en los orígenes de la Nación, Emecé, Buenos Aires, 2002). Sus victorias militares contra el Reino de España fueron lideradas por un soldado que se había formado en España, que había jurado fidelidad al rey español y que había combatido bajo su pabellón durante veintidós años y que, de pronto se dio vuelta. Y que, además, llegó al Río de la Plata luego de pasar un año y medio entre Londres y Escocia, donde aprendió a compartir los ideales del imperialismo británico (cf. Rodolfo Terragno, Maitland & San Martín, Sudamericana, Buenos Aires, 2012). ¿Qué clase dirigente podía salir de semejante condumio?
Y sin embargo, salió. Porque, a mi entender, Argentina gozó de una clase dirigente hispánica y criolla, aristocracia en sus mejores términos, entre 1835 y 1852, mientras fue gobernada por Juan Manuel de Rosas y los caudillos federales. Habrán tenido muchas fallas pero todas ellas se podrían haber ido puliendo en el tiempo si no hubiese ocurrido Caseros. Como bien dijo un comentarista en el artículo anterior, después de esa batalla, a la verdadera y más noble clase dirigente del país no le quedó más remedio que exiliarse en Southampton. 
Avanzaba la segunda mitad del siglo XIX apareció otra clase dirigente, de otro signo, liberal, masónica y anticlerical, que no me gusta nada, pero que era clase dirigente, y su máximo exponente fue Julio Argentino Roca. Nos gustará poco o mucho, pero Roca fue un estadista como lo fue Rosas. Los dos únicos que ha tenido el país. 
Los hijos de esa generación se aburguesaron y se desentendieron por pereza de los destinos del país. No estaba en ellos darnos una patria católica e hispánica, pero al menos nos podrían haber dado orden, seriedad, previsibilidad, educación, cultura, trenes y todas las demás ventajas de las que gozó este país durante décadas. Prefirieron vivir en París, dejaron solo a Roque Sáenz Peña que promulgó su famosa ley y entonces los negros, con Irigoyen a la cabeza, hicieron sus primeras fechorías, y ya no dejarían de hacerlas hasta la actualidad. Genta los llamó calamidad; podríamos llamarlos también orcos; como sea, el apelativo negro nada tiene que ver con el color de la piel, ni con la raza ni con las señoras gordas de Recoleta. Demás está decirlo, pero hay algunos que no lo entienden. 
Ya no nos recuperamos más. Una posibilidad fue la presidencia del Gral. José Félix Uriburu, pero la frustró la envidia y el oportunismo de un coctel de militares liberales, rezagos de la clase dirigente de la generación del ’80 y socialistas. Hasta hace poco pensaba que Frondizi, aunque muy lejos de Rosas y Roca, algo podría haber hecho, pero veo que estaba equivocado: no fue más que un pequeño traidorzuelo que no dudó en pagarle, a través de Rogelio Frigerio (tío del actual Ministro del Interior) varios cientos de miles de dólares a Perón para que ordenara a su seguidores que votaran por él. (Cf. Juan Bautista Yofre, Puerta de Hierro. Los documentos inéditos y los encuentros de Perón en el exilio, Sudamericana, Buenos Aires, 2015, pp. 91-131). Una última e improbable chance fue el gobierno del Gral. Juan Carlos Onganía, que se rodeó de gente buena, de gente capaz y, también, de inútiles y descastados, pero ya era tarde. La economía liberal de Krieger Vasena y el marxismo que se filtraba desde Cuba condimentado con las arengas oportunistas de Perón desde Madrid impidieron cualquier recuperación (cf. Roberto Roth, Los años de Onganía, Ediciones de La Campana, Buenos Aires, 1980). 
Ya sabemos lo que vino después. Y acabamos de salir de doce años de ser gobernados por una negra de piel blanca y con una fortuna de cientos de millones de dólares, que se rodeó de miles de negros que esquilmaron el país, cometiendo fechorías propias de Uganda. Y lo más triste de todo es que fue elegida y re-elegida con el 54% de los votos por “esa patria nuestra” de la que hablaba Sebastián S., y nos salvamos de que volviera al poder por apenas el 1,6% de votos. Porque no la eligieron los marcianos ni los bolivianos: la eligieron los argentinos. Yo me resisto a ser parte de una patria que tiene semejantes hijos. 
Y así estamos ahora. Con Macri. Hijo de un comerciante inescrupuloso, que hace psicoanálisis semanalmente desde hace viente años, practica yoga, tiene como gurú a un publicista ecuatoriano de izquierda y se casó, en terceras nupcias, con una turca de frondoso pasado. En la ceremonia, expresó su compromiso con estas palabras: “Gracias por haberme elegido, gracias negrita, mágica, única y hechicera”, mientras se apiñaban sus invitados, entre otros, Marcelo Tinelli, Jorge Rial y Guillermo Cóppola. En fin, una merienda de negros.
Quizás Castellani tenía razón. Frente a este panorama, el mejor sentimiento es la indiferencia resignada

lunes, 15 de agosto de 2016

Cosquillas

Una y otra vez nos asombramos de que, en tan poco tiempo, todo haya cambiado tanto. Cordera y sus corderitos habrían sido impensables hace treinta años, y no sólo por sus últimos dichos sino por toda su carrera. Ya nos explicó Ludovicus que gran parte de la extraordinaria velocidad del desbarranque de la cultura argentina tiene su origen en el progresismo latinoamericanista, es decir, primitivo y brutal, que instaló la recua kirchnerista durante sus doce años de poder, aplaudida y apoyada -hay que recordarlo-, por el todo el peronismo. Pero hay un detalle que no se nos debe pasar por el alto: todo esto fue posible porque la población estaba ya amansada; le habían sacado las cosquillas. 
Cuenta un hombre de campo: “Cuando comienzo a amansar un caballo, lo primero que hago es una versión de “sacarle las cosquillas al caballo”. Lo trabajo en un corral redondo, con el caballo embozalado y el cabestro en mi mano, empiezo usando una pequeña bandera en la punta de un palo de 90 centímetros. Yo froto esa bandera por todo su cuerpo, eso hace que él luego esté preparado para ponerle la montura y luego montarlo”. Ningún caballo se deja montar si antes no “le sacaron las cosquillas”, y lo mismo sucede con la sociedades.
Veamos el caso de la Iglesia. La catástrofe del Vaticano II, que comenzó siendo litúrgica, fue posible porque a los hombres de la Iglesia ya le habían sacado las cosquillas. No puede explicarse de otro modo que miles de obispos y centenares de miles de sacerdote hayan aceptado mansamente y en el término de pocos meses, un cambio tan dramático en el concepto y la forma de celebración de la Santa Misa, el monumento cultural más precioso que tenía la cristiandad occidental. ¿Y cuáles fueron esas cosquillas? Ya hablamos alguna vez del tema aquí y aquí. La primera de todas fue la reforma del breviario romano llevada a cabo por el papa San Pío X. Fue la primera vez en dos mil años de historia que alguien se atrevía a meter mano y reformar propiamente, dando vueltas y volviendo a armar a piacere, por el solo de su voluntad. La segunda fue la reforma de la Semana Santa realizada por el papa Pío XII a través de una comisión manejada, en las sombras, por el mismo Bugnini que años más tarde reformaría el ordo missae completo. Difícilmente los teólogos, el episcopado y el clero habrían aceptado el tamaño crimen litúrgico de los ’60 si antes no les hubieran sacado las cosquillas.
¿Cuándo comenzaron a sacarle las cosquillas al país? Los historiadores y memoriosos podrán citar varios acontecimientos. Yo quiero rescatar aquí uno de ellos. Este fin de semana largo vi La tregua, película estrenada en agosto de 1974, dirigida por Sergio Renan sobre el libro homónimo de Mario Benedetti. Fue el primer film latinoamericano en competir en los Oscar y perdió nada menos que con Amarcord (Es muy difícil ganarle a Fellini). Yo era muy niño, pero recuerdo que los adultos hablaban bajito del escándalo que significaba el estreno de tamaña inmoralidad. El argumento, más allá de las cientos de variantes que se pueden interpretar, abre varios frentes progres y saca varias cosquillas. El protagonista, un viudo cincuentón, tiene una aventura fugaz con una mujer casada con la que se cruza en el colectivo; se enamora y convive con una subordinada del trabajo veinticinco años menor y uno de sus hijos se revela homosexual y se va de la casa. Y todos estos hechos, que hoy nos parecen de lo más corrientes, son justificados: un viudo dedicado a su trabajo y un marido que se despreocupa de su mujer justifican el adulterio touch and go; el amor que viene a redimir el otoño de una vida triste justifica el adulterio sostenido en el tiempo; la normalidad de la homosexualidad y el derecho a la felicidad de todos justifica la conducta del hijo. 
No sé cuánto habrá impactado efectivamente La tregua en la sociedad, pero no cabe duda que fue un hito, hace cuarenta años, en el proceso de “corderización” de la sociedad argentina. 

viernes, 12 de agosto de 2016

El silencio de los corderos

por Ludovicus

El reciente episodio protagonizado por esa piltrafa llamada Gustavo Cordera es un símbolo de nuestra tan mentada transformación cultural. Nada más progre que Cordera, nada más repugnante. Este individuo epiceno y embotado se jacta de haber asistido a varias sesiones de ayauhasca en la selva, ritual cool si los hay en la progresía sedienta de pseudomísticas. Condensó su evangelio humanocéntrico en la obscena Soy mi Soberano, que podría haber sido redactada por un ángel caído si se perdonan los ripios y las torpezas. Mostró obscenidades y vulgaridades y todo con un fuerte sentido luciferino, detectable en otros exponentes de nuestra gloriosa subcultura –como el conjunto preferido de Aníbal Fernández- formada por el humus y las heces de la droga, el resentimiento, la abyección y la náusea.
Las bellas almas de la progresía se rasgan ahora las vestiduras, porque el sujeto en cuestión exaltó el estupro y aseguró que ciertas mujeres necesitaban ser violadas.  Novaresio mesó sus barbas, Domán estalló en indignación, la directora de Barcelona –tan luego- se ofendió. Y sin embargo, las declaraciones de Cordera ilustran el fondo nihilista y característico de la moral de horda de la versión progresista del pensamiento latinoamericano. Mientras que en otras latitudes viste tweed, se expresa con rigurosidad y eventualmente mantiene ciertas formas que tienden al paganismo, el progresismo argentino y latinoamericano no es más que el retroceso al estado de barbarie prehispánica, la degradación entrópica de la cultura en horda, sobre todo en lo sexual, en la transgresión del incesto, en la abyección que campeaba por sus fueros antes de que el glorioso Portador de Cristo pisara tierra americana. El Kirchnerismo oficializó esa cultura el día que elevó a status matrimonial el “casamiento homosexual” y una Morsa de bigotes blanquecinos defendía a los pibes y a la legalización de la droga. El mal trabajo se hizo mal, y hoy la sociedad se divide entre progres enragé y progres moderados, más un enorme rebaño de corderos en silencio que engullen los pastos de los tópicos progres con mansedumbre.
En pocos lugares del mundo se hace tan evidente que el progreso del progresismo es regresión. Deberíamos hablar de regresismo. En Caracas, disuelto el contrato social en medio de escalada de violencias, delitos, y escasez, es regreso a las formas más precarias de vida. Aquí ha devenido regresión a etapas de salteadores de caminos y ladrones de tumbas. El progresismo no es más que la deconstrucción de la sociedad humana, regresando a embriogenéticas anteriores y eventualmente a su disolución. Y tal veneno, tal nefanda meningitis, propagada a la Iglesia por su mayor representante en la variante latinoamericana, como dice el Wanderer en su último post, comporta disolución a lío y carne, y carne invertebrada. La Iglesia convertida en un montón de carne.
El progresismo es rebelión contra las naturalezas, sean individuales, sociales o sobrenaturales. El progresismo es el enemigo de la Ley, pero también de la gracia.
El progresismo es el mal, el progresismo es la muerte.

lunes, 8 de agosto de 2016

Religión líquida

Hace algunos días, Jack Tollers escribió un post que en el que señaló algo que a veces olvidamos o que, al menos en mi caso, no terminamos de dimensionar. Me refiero al indeclinable deber que tiene la Iglesia, y que tenemos nosotros sus hijos, de mantener y defender la doctrina católica hasta la última iota. Los lectores del blog dirán: “Es obvio”, y efectivamente lo es, pero por las características del mundo contemporáneo y de los acontecimientos que nos tocan vivir, tendemos a ser muy cuidadosos con las iotas de la moral -lo cual está muy bien-, y ser más laxos o desentendidos con las de la dogmática. Más aún, tendemos a considerarlas detalles o pasatiempos de especialistas ociosos que no hacen más que distraernos del verdadero combate que hoy debemos librar. Es un hecho que cuando en estas misma páginas hemos tratado temas de liturgia, por ejemplo, varios lectores se quejan porque perdemos el tiempo discutiendo cosas tan poco trascendentes. Se trata, según ellos, de discusiones bizantinas que no aportan nada a la gravedad de la hora actual.
El artículo de Tollers, por el contrario, y siguiendo a Castellani, consideraba que tales detalles son más graves que el mismo pecado. Yo no me voy a meter en esa discusión, pero sí me parece fundamental que tomemos conciencia de la importancia impostergable de la lucha por la pureza, hasta la última iota, de la doctrina.
Ya sabemos que el pontífice aéreamente reinante, desprecia a los teólogos. Públicamente ha dicho -y lo hemos reproducido en este blog-, que hay que dejar que los teólogos discutan entre ellos las diferencias doctrinales que nos separan, por ejemplo, de los luteranos, mientras que el resto de los fieles debemos trabajar ecuménica y mancomunadamente sin preocuparnos por esas minucias. Ha dicho incluso, medio en broma, medio en serio, que a él le gustaría encerrar a todos los teólogos en una isla para que allí se cansen de discutir sus cuestiones doctrinales y dejen tranquilos a los pastores con olor a oveja que hacen el trabajo importante. Y la verdad es que muchas veces estamos tentados a sumarnos tímidamente al mismo criterio. Es que ya no tienen demasiada importancia las modalidades de las procesiones trinitarias, o si Nuestro Señor gozó o no de la visión beatífica durante su vida terrena. En vez de perder el tiempo en eso, mejor dedicarse a luchar contra el aborto o a esclarecer las aventuras de Leticia. Y es un error. Un error grave en los que muchos católicos “del palo” caen fácilmente.
Pongamos un solo ejemplo histórico de los múltiples que podríamos mencionar. En el siglo IV se realizó el concilio de Calcedonia cuyo objetivo fue confirmar la doctrina de la Iglesia con respecto a la naturaleza de Cristo, ya que Eutiques y Dióscoro -dos importantes obispos y teólogos- entendían que su naturaleza humana estaba subsumida en la naturaleza divina. Es decir, en el Señor había sólo una naturaleza: la divina, y esta es la doctrina que se llamó monofisismo. Un detalle; una distinción de teólogos que no cambiaba en absoluta la pastoral, ni disminuía la pobreza, ni contribuía a la paz social y tampoco contaminaba el olor ovino de los pastores de la época. Sin embargo, esta herejía, al ser condenada por Calcedonia, provocó la separación de la comunión católica del patriarcado de Alejandría, y por tanto de todo Egipto, de la iglesia armenia y de la iglesia jacobita o siríaca. ¡Tamaña consecuencia ocasionada por la tozudez de los obispos caldecónicos! Y sin embargo, ni ellos ni el papa de Roma eran ingenuos o incapaces de calcular las consecuencias pero, igualmente, consideraron que era preferible perder tres grandes iglesias antes que modificar una iota de la doctrina ortodoxa.
Hoy pareciera que la unidad es más valiosa que la verdad y que, entonces, resulta más importante, o casi lo único importante, realizar actos ecuménicos, trabajar juntos por la promoción del hombre y rezar juntos en Asís o cualquier otro lugar, en vez de discutir y esclarecer las iotas de nuestra fe. A muchos católicos les parece más importante determinar exactamente las condiciones precisas de la moral matrimonial -y que Leticia no se cuele en la alcoba- que afirmar con certeza todos y cada uno de los artículos del Credo. Y esto tiene un nombre: juanpablismo puro, porque el papa Juan Pablo II fue el primer emergente del Vaticano II en este sentido: descuido de la dogmática y concentración en moral. Bergoglio, el segundo, y creo yo último emergente del mismo Concilio, se ha manifestado como el descuido y desprecio de toda la teología -moral y dogmática- en favor de la pastoral. Una vez más lo decimos: la ablación del intelecto especulativo y reinado absoluto del intelecto práctico. 
Esta nuevo concepto de religión que inauguró el Concilio Vaticano II y que fue refrendado por todos los pontífices siguientes, propone, en el fondo, una religión líquida, es decir, un fluido capaz de ser vertido en cualquier recipiente adoptando sin resistencias la forma que éste tenga. Es por eso que los Padres Conciliares hablaron de un concilio pastoral que rechazaba cualquier intento de definición, y es por eso que Francisco se niega no solamente a definir, sino  también a repetir las definiciones más obvias. Es que, si define, la religión comienza a solidificarse y ya no puede volcarse en cualquier recipiente y muchos de ellos quedarán vacíos. 
Pero el problema de esta concepción es que el líquido es incapaz de sostener estructuras. Nadie edifica su casa sobre un lago, sin antes haber fijado firmemente los pilotes en el lecho firme y rocoso. Los progres y neocones piensan que con la doctrina líquida es suficiente, sencillamente, porque los tiempos han cambiados y, por eso, pretenden mantener todo lo que la Iglesia tuvo y consiguió durante los duros siglos de las estructuras dogmáticas, con el tranquilizador arrullo del fluido de las olas. Y por mantener todo me refiero a mantener a curas célibes, mantener templos y colegios costosísimos, mantener las colectas y todo el aparato necesario que implica la religión. Pero es imposible. Difícilmente un cura logrará mantenerse célibe si da lo mismo ser cura católico o pastor calvinista; escasamente se encontrarán jóvenes dispuestos a defender su pureza si Leticia tiene permisos pontificios para refocilarse y si los católicos estamos impedidos de juzgar ciertas conductas; con mucha dificultad los fieles contribuirán al sostenimiento del culto, si saben que lo el trabajo social al que se ha reducido el accionar la parroquia de la esquina lo hace con mayor eficacia la ONG de la otra esquina; será casi imposible encontrar jóvenes que quieran consagrar su vida a las misiones si, desde arriba, se determina que el proselitismo es dañino, que no hay que convertir a los judíos y que el ideal pontificio es que los cristianos vivan como hermanos con los musulmanes.
Decía Chesterton hace varias décadas que es como si el tallo de un rosal se marchitara hasta desaparecer de la vista y los pétalos de la rosa permanecieran flotando. “Es como si pudiese haber rayos de sol después de desaparecer el sol. No es sólo la cosa mayor de una cosa, sino la mayor y más fuerte la que se sacrifica a la parte pequeña y secundaria”. Se sacaron los cimientos pero se pretende que el castillo se mantenga en pie. En otros términos, el Concilio Vaticano II y los pontífices siguientes infectaron la Iglesia con una enfermedad que sólo destruye lo huesos. La pregunta es ¿cuánto tiempo más estos buenos hombres pretenden que se mantengan los músculos en tensión y la carne con forma humana sin desplomarse en una masa informe? Casi una pregunta retórica; Bergoglio se está encargando de ir arrojando en un caldero los cartílagos, órganos, pelos y trozos de carne que quedaron informes cuando le quitaron la estructura ósea. 
¿Hay solución? Humanamente hablando, no veo ninguna. Ya más de una generación es la que lleva sufriendo este cáncer que ha terminado por carcomer sus huesos. Y el problema no es que no pueden volver a generarse; el problema es que la carne actual no los soportaría.